William Cardona: el pintor de vereda

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Hace 33 años escribí sobre una serie de jóvenes artistas de la ciudad de Pereira, quienes en 1982 protagonizaban su iniciación en el arte en aquella casa de la Sociedad de Amigos del Arte situada en la carrera sesta con calle diecinueve. “El Taller”, quedaba en los sótanos de una casa de bahareque y madera. Entre quienes participaron de esa experiencia se encontraban Juan Carlos Salazar, Juan Carlos Velásquez (q.e.p.d), William Cardona, Israel Osorio y Jaime Ochoa. Dibujos, tallas, pinturas crecieron en esos “bajos” fríos, en ocasiones solariegos, de una Pereira que no quería renunciar a su vocación de pequeño pueblo y donde todos nos conocíamos y reconocíamos de saludo, en un cafetería, cara a cara y sin wasap.

pequen%cc%83aCada uno continuó su camino por una ciudad que “bajo un cielo que a fuerza de no ver nunca el mar” – recordando al poeta Serrat- ha tenido un verde húmedo, amigable y selvático a orillas del Rio Otún. 33 años después vuelvo a escribir sobre uno de ellos; William Cardona, ha andado por el mundo como soñó en su juventud y expuesto en distintas ciudades, tiene amigos y gente que lo saludan, pero ante todo, tiene su casa y estudio a orillas de carretera, en la vereda La Florida y sigue tomándose un buen café en el centro de la ciudad. A su vereda como al centro de la ciudad, los tiene en la misma estimación, han sido los escenarios de su inspiración, pero sigue considerándose un artista de vereda que nutre su imaginación de aquellos rostros que observa pasar por su vida y que de alguna manera proyecta en sus dibujos.

William es nieto de Genoveva Cardona y Jesús María Cardona, oriundos de Río Negro, fundadores de la vía entre La florida y Pereira e hijo de Abelardo Cardona, fundador del acueducto y del transporte en la vereda y de Adela Ocampo artífice de su gusto por el arte. De sus padres se puede decir, que le concibieron a orillas del río Otún, en la hermosa vereda de La Florida, y por eso su presencia es tan de ese paisaje como son las piedras, los helechos, las cebollas o los micos aulladores.

A la base de todo lo que haga está un profundo conocedor del dibujo, sea con lápiz o con tinta. El origen de ese conocimiento se remonta a su aprendizaje con el tempranamente fallecido artista plástico Albeiro Osorio, por allá en los años ochenta. Esa misma capacidad de dibujar cuerpos y rostros la ha depositado en la pintura. Ángeles y hombres, hombres que parecen ángeles o ángeles que parecen hombres, han formado parte de una conciencia estética la cual ha estado siempre con él, a su lado, como una vieja y pequeña maleta a la cual jamás se renuncia o se empeña en la trece con séptima.

Difícilmente la cultura pereirana de la década de los años ochenta y noventa puede evocarse sin sus finos dibujos. Los salones de la Sociedad de Amigos del Arte, las noches bohemios en bares del centro perdidos en el tiempo y la memoria, su vinculación con otros creadores como Francisco “Pacho” Tejada, Eduardo López Jaramillo o Reina Sánchez.

Con William Cardona se cumple un “dictun”, el cual dice que quien se va de Pereira a ella regresa.

Ni la rumba de las “Ramblas” de Barcelona, ni el sol veraniego que pone hermosa la piel por los canales de Venecia le han significado a William tanto como el agua indígena de su río Otún, el paisaje montañero andino de esta vereda que le vio crecer y de cuyo paisaje se continúa alimentando, semejante a una planta lotófaga que se nutre de luz.

Las formas de sus dibujos, le han permitido conectarse con cada nueva generación, sostener un diálogo en algún café o mientras desciende a la ciudad. William es el artista de vereda, aquel que no ha renunciado a lo suyo por ir en pos de espectros como el reconocimiento y el prestigio. Fantasmas que siempre ha tenido en su casa, porque su vida y constancia se lo han permitido.

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