Viene bien dormir

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Si algo queda claro de la transformación del joven Gregorio Samsa en un insecto gigantesco es que había tenido un sueño intranquilo. Es decir, había dormido mal; había dado vueltas en su cama y pensado en las mezquindades de su jefe avaro, iniciador del sistema “gota a gota”. Había medido también las dimensiones de su oficio como comerciante de telas y se lamentaba de la resignación de su familia, que no parecía satisfecha con tener en casa un hijo perezoso. Dedicó un pensamiento a los huéspedes y le pareció que eran estorbosos.

la-metamorfosis-franz-kafkaNo sabemos a qué horas empezó la metamorfosis. Es posible que su estómago se haya inflado a las tres de la mañana, la hora en que una ambulancia recorre las calles de Pereira, cuya estruendosa sirena anuncia la proximidad de la muerte. Sospecho que a las cuatro sintió brotar en su espalda una especie de superficie rugosa que fue consolidándose a las cinco, justo cuando en Pereira los buses urbanos inician sus recorridos por las calles estrechas y les da por accionar sus frenos de aire con tal fuerza, que ese sonido se incuba para siempre en nuestros tímpanos. Me late que a las cinco y treinta, cuando la noche se aleja y se aproxima la luz de ese nuevo día de bocinas y motocicletas de alto cilindraje, Gregorio quiso levantarse a orinar, pero se lo impidió el peso de su cuerpo tirado en la cama, ahora que el monstruo del insomnio se instaló en su organismo dolorido. Lúcido, aunque molesto, reconoce que debía levantarse a las cinco, pero algo en su sueño tranquilo se había trocado en su perplejidad de gruñidos rastreros.

Ruido. A él debo que haya despertado a las dos y cuarenta y cuatro, con la boca abierta y los oídos prestos a atrapar una ola de sonidos que vienen de muy lejos a inundar mi cuerpo. Me pongo de lado y saco los pies de la cobija. Me pongo boca arriba y estiro las manos como un crucificado. La ola externa crece cuando intento dormir contando mariposas. Pero hasta las mariposas aletean esta noche de otro modo. Abro el ojo izquierdo y luego el derecho. Lo primero que veo es la soledad, su ruidosa presencia. Lo segundo que percibo, en el fondo de mis temores, es la silueta difusa de Gregorio, con sus orejas heredadas del señor Kafka. Hay calor en mi humanidad y algo bordea mi cabeza, como si unas pequeñas patitas punzaran mi cráneo pelado.

Me temo que tampoco mañana dormiré y por eso volveré a pensar en el destino de Gregorio Samsa, en el misterio de su noche intranquila. ¿Cómo dormía Gregorio en casa de su madre? Vestido hasta la coronilla, seguramente. Era muy tímido para dormir desnudo y muy pudoroso frente a su hermana Grete, para dormir en pantaloneta, pues en cualquier momento ella podía entrar a su cuarto y descubrirlo en alegres juegos solitarios con su mano derecha. Vivo en un piso alto. Alguien camina por encima de mis ojos y deja caer una cuchara. Alguien cierra una puerta, grita que le pasen una toalla y otro suelta el agua del inodoro. La escucho bajar, pasar muy cerca de mí. ¿Me habré convertido yo también en un horrible insecto, ahora que me niego a levantarme, para enfrentar como héroe sordo y malhumorado los avatares de esta ciudad escandalosa?

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