Vanidad

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Alguien cantó alguna vez que la vanidad tenía las alas doradas. Ellas, con su brillo, parecieran deslumbrar, no solo a los insensatos que se dejan adormecer viéndose en su reflejo, también a quienes las lucen.

Es difícil no ser vanidoso. De hecho, cierta vanidad recubre las acciones cotidianas, quizá de manera más disimulada en unos que en otros. Puede incluso interpretarse como el ego inherente a todos, ese “yo” que desea ser reconocido y tener reconocimiento. La necesidad de ser en un contexto específico es algo que apunta también a la dignidad como urgencia propia o a la autoestima requerida para seguir portando la máscara que significa ser persona.

Vanidad que alienta batallas, obras grandiosas y, no pocas veces, los mayores desastres colectivos y personales. La literatura ha sido pródiga en esos personajes vanos, personajes atrayentes en sí mismos porque han creado auténticos modelos de seres humanos que trascienden la ficción.

Pensemos, por ejemplo, en Julien Sorel. El joven ambicioso que llega a las esferas que siempre soñó, pero que suma a ese deseo la vanidad latente en el cuidadoso vestuario que usa desde sus primeros días como hijo del provinciano aserrador, hasta las ostentosas vestiduras que engalanan su entrada en las altas esferas aristocráticas de la Restauración.

Stendhal nos muestra a un joven campesino, débil en lo físico y apegado a las tareas intelectuales, objeto de burlas por parte de su familia, pero que halla en un clérigo el abrigo necesario para empezar sus estudios y formarse de tal modo que gana cierto protagonismo en la minúscula escena social provinciana en la que vive.

Agilidad y memoria prodigiosa caracterizan a Julien. Su aparente debilidad física queda cubierta con una extraordinaria capacidad para intrigar, galantear y seducir –sin ningún atisbo de duda moral– pensando siempre en escalar en tan cerrada sociedad. El intelectual provinciano, de extracción campesina, que sueña –y lo logra–, pero al cual su vanidad sin límites le hace perder el norte y que luego no sabe ponerse en el lugar que le corresponde. La ambición, complemento de la vanidad, lo enceguecen hasta llegar a la prisión y la posterior condena en el cadalso, pues la sociedad aristocrática que ha agredido clama por venganza y le sobra poder para hacerlo.

Julien Sorel, intelectual provinciano de la vanidad, recorre las calles decimonónicas de un imaginario Paris, pero pareciera vivir hoy al lado nuestro, en estas mismas calles, donde inteligentes y memoriosos jóvenes ambicionan salir a flote de la ignominiosa pobreza que les depara una sociedad pensada para fabricar muchos amorales Julien Sorel; expertos en trepar socialmente. A cualquier costo, incluso por encima de sí mismos y su dignidad; pero sin perder jamás las alas doradas de la fatua vanidad.

Nota. No creo en diablos, pero alguno se cruzó en la edición pasada y cambió en el diseño el título. Esa hipocrecía con C me hizo sonreír con su ironía.

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