La que no puede tapar el perro

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¿Podía haber una situación más desesperante que la vivida por el coronel y su mujer asmática ese domingo de madrugada? No tenían nada que comer, a su hijo Agustín lo asesinaron por conjuras políticas, se había impuesto el toque de queda en el pueblo y el coronel se obstinaba en fincar sus esperanzas en el cuidado de un gallo que pelearía en enero. ¿Y si vendían el reloj de péndulo o el cuadro de la ninfa? El veterano de la guerra civil refuta toda propuesta. Él solo piensa en que su gallo ganará la pelea y con eso obtendrán algún dinero. Pero su mujer ya no concilia el sueño, ya no tiene fe, ha perdido toda paz casera y explota, agarra a su marido soñoliento por el cuello, lo zarandea y le esputa: “«Y mientras tanto qué comemos»”. El coronel vuelve de un lugar sin tiempo y cree escuchar: “–Dime, qué comemos”. En un segundo se vio aplastado por el peso de sus setenta y cinco años, aunque “Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:

–Mierda”.

Así cierra El coronel no tiene quién le escriba. García Márquez vivía en una modesta pensión en París. Era enero de 1957, muy temprano aún para saber que el uso de un sustantivo nos permitía dar un paso hacia la construcción de la novela moderna.

Treinta años después, un escritor antioqueño, Fernando Vallejo, acaso más irreverente y festivo, inicia su novela El fuego secreto, con esta escena: “–¡Mierda! – dijo la Marquesa, poniendo las tetas sobre la mesa–. Con quién peleo, si sólo maricas veo…”. Con ese inicio se sella una madurez, una forma de apropiación, una manera de ponerle dique a la solemnidad de un país como el nuestro: eufemístico, retórico, indirecto y, en especial, escatológico.

Rigoberto GilHoy es un día de julio de 2016. Salgo a caminar por las calles sucias de Pereira. Llueve a ratos y a ratos hace sol. Estuve a punto de ser testigo de un crimen en el barrio San Nicolás. Me salvó el olor a pan caliente. Los autos pitan, las ambulancias detienen el tráfico a la fuerza y algunos indígenas se sientan en los andenes con sus racimos de hijos a pedir plata. Leo este aviso amarrado a la corteza de un árbol: “Si mi perro lo hace por necesidad, yo lo recojo por cultura”. Algo huele mal, razono y doblo una esquina, cruzo un puente, decido caminar hacia el sur y me encuentro de nuevo con otro aviso enterrado sobre la hierba: “Por favor no dejar muestras, esto no es un laboratorio”. El mensaje de ambos avisos me parece tan misterioso como la ideología de José Obdulio Gaviria. ¿Qué es lo que el perro hace por necesidad y qué es lo que debo recoger por cultura? Las pistas para resolver este enigma intelectual quizá estén en el segundo aviso, cuando se hace referencia a muestras de laboratorio. Pero la lista es larga, en esto de las patologías, como larga la forma en que pretendemos ocultar esta verdad: los dueños de las mascotas creen que la ciudad y sus lugares públicos son un gran cagadero. Es hora de leer literatura para aprender a usar las palabras correctamente y llamar a las cosas por su nombre, antes de que llegue la vejez y nos coja con hambre.

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