UNA CITA EN LA CIUDAD AL FINAL DE LA TARDE: O EL CUENTO COMO EXPRESIÓN POÉTICA

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William Marín Osorio
Universidad Tecnológica de Pereira. Edición Conmemorativa del Bicentenario de la Independencia.
Pereira, 2010
134 p.

Para algunos, como Jorge Luis Borges, los relatos son la forma de una arquitectura en cuyas aristas es posible entrever el rostro insondable de la divinidad. Para otros, en la línea de Edgar Allan Poe o Howard Philips Lovecraft, el cuento es una forma de codificar la pesadilla de estar vivos. Entre tanto, la prosa descarnada y certera de autores como Raymond Carver y John Cheever sugiere un ajuste de cuentas con el carácter vano de la vida cotidiana. Finalmente para otros, que acaso constituyan mayoría, el cuento deviene una suerte de truco que impone otras lógicas a las coordenadas que los modelos convencionales aplican a la realidad. En todos los casos alienta el propósito de subvertir desde la palabra escrita un orden mental instrumentalizado por los modelos propios del conocimiento científico aplicado a la producción de bienes tangibles o intangibles, cuyo efecto inmediato más visible es la supresión de la magia y de toda forma de pensamiento que se aparte de la relación causa- efecto o, peor aún, de la ecuación costo-beneficio.

Lo primero que llama la atención en el libro de cuentos Una cita en la ciudad al final de la tarde, del escritor risaraldense William Marín, es la intención, conciente o no, de sustraerse a las corrientes mencionadas, para apostarle a   lo podría denominarse una poética del relato. Más allá de lo originales que puedan resultar las anécdotas, lo que se pretende en estas historias es auscultar a través del lenguaje el pálpito que conduce a los pequeños y grandes milagros que redimen a los seres humanos de la banalidad de la existencia. Para eso, para ensayar alguna forma de redención, el narrador les pone una cita en la ciudad al final de la tarde y a ella acuden criaturas como las que protagonizan el cuento titulado El largo exilio de tu amor que, significativamente, no tienen nombre, pues son apenas voces, rumores, recuerdos, aprensiones, estados del alma de una ciudad que se reinventa con las historias de quienes la habitan. “Ahí está ese muchacho hermoso que tanto me inquieta, doblando su pañuelo que ha ido cambiando de color a medida que pasan las horas y los días. Por un momento llegué a pensar que no iba a volver, pero está ahí en medio del marco de la puerta, con esa vacilación que lo caracteriza” dice una voz que puede ser la de una mujer en trance de enamorarse o la de las esquinas y las calles de la ciudad que es testigo y a la vez artífice de los dramas y milagros que acontecen en su interior. La ciudad como parábola es lo que parece sugerir el narrador del cuento.

Pero toda parábola apunta a iluminar los paisajes interiores de las personas y de las sociedades que van formando al cruzarse. Y en el caso del libro de William Marín la parábola parece ser la del desencanto que inevitablemente sucede a todo encuentro. Para probarlo, basta con echar una mirada a los título de los diez cuentos que conforman el   volumen : El largo exilio de tu amor; Una ronda para Claudia, la silenciosa; El lugar secreto; Knock-out técnico; Tus cartas; El extraño; El perfil de otro rostro; La espera; Paroxismo y Los adioses : bocetos de un itinerario . Sin excepción, esos seres que se nombran para constatar la propia existencia y la del objeto del amor o del odio se saben ya recuerdo, rastro dejado por el destino de otro en las encrucijadas del tiempo. “Quiero acercarme a ti, sin renunciar a la posibilidad de amarte en la penumbra. Te ves hermosa sobre ese paisaje que despaciosamente se hunde en un mediodía cargado de asombros y sueños fugitivos. Viene la nostalgia arañando los recuerdos” susurra la voz que abre el relato Tu sombra cálida, el, estructurado a partir de unos subtítulos que, hilvanados, forman en sí mismos un poema aparte, en un ejercicio que es mucho más que un juego experimental, pues esos versos son en realidad el resumen cifrado de unas vidas que transcurren entre la espera y el paroxismo. La espera anclada en una promesa, preciosa como una moneda antigua y única, y el paroxismo de quien intuye que en los meandros del deseo se esconde la clave inalcanzable de cualquier posible sentido de la existencia. En esa medida , no es casual que un libro de cuentos esté precedido de una invocación constante a la poesía, en un viaje que va de Garcilaso de la Vega a Jorge Luis Borges, pasando por César Vallejo y Giovanni Quessep: el narrador y los protagonistas saben que es en los silencios y en las revelaciones apenas sospechadas del lenguaje poético donde deben ir a buscar el significado de sus actos, desde los más triviales hasta los definitivos, como bien se desprende del primer párrafo del cuento titulado , así sin más, Paroxismo : “Tengo que hablarle más tarde; no puedo prolongar más esta incertidumbre”…”Pero la vida no puede ser este desgaste. La vida tiene que ser algo completamente distinto”.

Ese algo distinto es, por supuesto, la poesía. La misma que surca cada una de las páginas y alienta en las intuiciones de los personajes de Una cita en la ciudad al final de la tarde, un libro que hace inevitable pensar en aquellos versos que el poeta turco Nazim Hikmet escribió una vez, en una suerte de ajuste de cuentas con la vida: “La poesía es lo que nos queda a los hombres/ cuando todo lo demás ha fracasado”.

 

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