UN TRAZO EN EL ROSTRO DE LA CIUDAD

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Una anciana llega caminando lento hasta la puerta cerrada del supermercado. Aún no amanece y el viento circula sin obstáculos desde el Nevado del Ruiz hasta su rostro, mas ella permanece imperturbable: ¿Cuántas veces habrá enrostrado este frío de la madrugada? Es delgada y luce gorda de tanta ropa que trae, toca el vidrio de la puerta pero a esa hora nadie sale. Apenas son las cinco. Las comisuras de su boca han caído por la gravedad hasta formar una sonrisa invertida.

Otro anciano llega y se ubica detrás de ella, en su rostro el mismo mohín que no se sabe si es de alegría o de tristeza, o si existe diferencia entre ambas cosas. Ahora son dos siluetas que parecen sonreír ante su reflejo en el vidrio del supermercado. La sonrisa del viejo es una emisión que surge más desde los ojos y desde el rostro, que desde una boca que ya no logra levantar las comisuras. Es una risita tintada en sepia, emitida desde la paradoja entre la memoria que se sostiene y el olvido que se sobrelleva. Sus rostros declaran al que los mira, una muchedumbre, emociones vividas en multitudes de momentos.

Un tercer viejo se une al grupo que ahora se entiende como una fila, es pequeño de estatura y lleva un sombrero aguadeño, se ve que es un hombre del campo con botines de cuero y poncho blanco de cuadros. Su boca es también surco profundo, cercado por las trochas que fue abriendo el tiempo. Estos rostros se descifran mutuamente, pudiendo prescindir muchas veces de palabras. Momento a momento se van sumando a la fila manos callosas, bastones y sombrillas, pequeñas carteras y carrieles, una tos por aquí y un carraspeo por allá, pero en medio de todo, hay un relativo silencio, como de tranquila tristeza, que se enfila hacia una puerta de vidrio cerrada por la que habría de salir en cualquier momento “la esperanza”.

A las siete la puerta se abre y amanece en los ojos de los viejos. Una funcionaria sale y anuncia que: “Lamentablemente, no hemos recibido desde Bogotá la autorización para entregar subsidios de adulto mayor”, luego la funcionaria entra y la puerta se cierra. En los ojos de los ancianos se nubla abruptamente el amanecer. La fila tarda en disolverse, especialmente porque los de atrás no han podido escuchar bien lo que la funcionaria dijo. A las nueve de la mañana, cuando el supermercado abra sus puertas a los compradores de rostros lisos, aquel trazo ambiguo en el rostro de la ciudad se habrá disuelto entre las líneas rectas de la prisa y el olvido.