Cabalgados por la secuencia numérica

Compartir

Doloroso es recordar un tiempo rudimentario en el cual reinaba una ley entre los humanos; una ley que casi nadie se atrevía a cuestionar, pues desafiarla acarreaba consecuencias nefastas, que iban desde el regaño hasta la expulsión. Más alto resultaba, empero y siempre, el precio de su cumplimiento.

Esa ley obligaba a vivir a un ritmo carente de cadencia y armonía. Los seres de aquella época se sometieron sin darse cuenta, a una secuencia numérica, repetitiva y monótona, cuya pretensión era poner orden entre la anarquía de los ciclos naturales, tan variables, y permitir así la colonización hasta de los más íntimos momentos, en un esfuerzo de totalización contable, que se empecinó en la numeración y fijación del factor de duración al que habían llamado tiempo.

Toda una era estuvo obsedida por la premisa de hacer coincidir los cuerpos con coordenadas pre-escritas al interior del tiempo-espacio. Si un cuerpo humano era descubierto mientras no ocupaba su lugar en un cierto punto de la secuencia numérica, era reprendido con la desaprobación del colectivo, y tal desaprobación podía llegar incluso a condenarlo al aislamiento, la privación de participar en labores productivas de las que los humanos en aquel tiempo, derivaban su sustento. Necesario es explicar que ellos cambiaban algunos números de lo que llamaban tiempo, por algunos números escritos en papeles, que a su vez cambiaban por aquello que les parecía necesitaban para vivir.

Muchos murieron por la dificultad biológica de adaptarse al dictamen de la ley. La infiltración de los ordenadores fue paulatina, al principio existía un solo secuenciador por pueblo o ciudad, pero poco a poco se multiplicaron las terminales ordenadoras de la numeración artificial, hasta llegar, siglos después, al supremo punto de instalar dispositivos en cada humano, para vigilar en todo momento el uso del recurso al que llamaban tiempo.

Un individuo contaba ya con tres o cuatro de estos aparatos, y en el nivel extremo, se veía que tal dispositivo era casi endógeno y psicológico, pues la administración eficiente de lo que llamaban tiempo, se transformó en un valor social tan afanosamente cultivado, que dejó inviables a los cojos, los lisiados y los lentos; quienes simplemente no podían correr a la velocidad que la secuencia numérica indicaba y se iban quedando por fuera del juego.

Por difícil de creer que nos resulte en la actualidad, nadie tenía tiempo suficiente para acariciar la panza del perro o preparar el té de la tarde y beberlo a pequeños sorbos, nadie estaba autorizado, ni por el administrador interno, ni por el colectivo observante, a detenerse frente a una puesta de sol o a poner sobre la hierba a una hormiga extraviada entre las fibras de un chaleco. Nadie se detenía, y si lo hacía: agudas agujas aguijoneaban su conciencia por dentro, y miradas suspicaces lo aguijoneaban en toda la extensión de su cuerpo moral externo. Torturados vivían a tal extremo, que el corazón de muchos se detenía en seco, y otros tomaban gran velocidad por los caminos con tal de llegar a algún lugar prescrito y encajar en sus coordenadas, que estrellaban su robot metálico contra otro robot metálico y salían con sus cuerpos humanos volando por el aire. Estos cuerpos eran levantados a toda prisa y conducidos a lugares blancos en donde morían para desocupar de una vez por todas sus coordenadas, o seguían viviendo, sólo para seguir con la maratón, cabalgados por la secuencia numérica.

He escrito este perturbador relato, soñando recordarlo. Estoy sentado en la rama del árbol, viendo abajo la villa bosque en la que vivo. Seguro de que nadie ha de creerme.

Compartir
Artículo anteriorCosechando graffitis
Artículo siguienteDiarismos