Sonidos engavetados

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Fotos:  Jess Ar.

*A esos acumuladores de polvo con sonidos

Actualmente desarrollo el proyecto Memorias del Rock Local (Pereira 1989/2014), uno de los ganadores en la Convocatoria Estímulos 2015 del IMCFT. En el trascurso de la  investigación he descubierto que la figura del  coleccionista – o acumulador dirán algunos –  es una voz muy importante a la hora de emprender trabajos de memoria sobre algún aspecto de la música. En años anteriores la literatura y el teatro tuvieron su aparición en la misma línea en la que participé: Patrimonio, periodismo cultural. Y supongo que quienes desarrollaron dichas investigaciones pudieron también como yo concluir algo similar frente a aquellos personajes que por décadas han guardado en sus anaqueles todo tipo de elementos que nos traslada en el tiempo. Discos, cientos de papeles; recuerdos, desperdigados y oxidados; fotografías arrumadas sin ningún orden; testimonios de épocas pasadas, han recogido de manera espontánea, sin ningún asomo de mirada académica, los retazos  necesarios para que otros elaboremos  un archivo  y podamos trazar una historia. Este tipo de trabajos nos lleva a valorar la importancia de los procesos de consumo y recepción  como paso indispensable para la producción. Dicho de otra forma: sin los coleccionistas de música ningún proceso de producción musical realizado hubiera sido posible.

Indagando sobre el origen de algunas de las agrupaciones importantes de la ciudad, la génesis de movimientos y  espacios, llegué  a los coleccionistas. Todos ellos con historias comunes, compartiendo sonidos desde tiempos inmemoriales de mano en mano, de voz en voz. Atesoran vinilos  desde los años 70,  que hoy   corroe el polvo y  son algo obsoleto para muchos. Ellos han estado desde atrás, siendo testigos, e inventando con sus pasiones los ritmos que otros han llevado  a sus guitarras y baterías.

Evocaré a uno de ellos, cuya cabeza es un rompecabezas, acaso un holograma que se despliega en cada charla que hemos tenido, mostrando la realidad que se esconde tras las manifestaciones que ha tenido el movimiento rockero en la  ciudad. Lo que la prensa no ha hecho, lo que ningún investigador ha condensado en estudio alguno, lo que ninguna institución ha propuesto, a donde no llega ninguna hemeroteca,  él lo tiene  grabado en su cabeza – como los surcos del vinilo – en sus recuerdos y, muy especialmente, en las historias que esconde su  colección de música.  Él como muchos otros, ha abierto gentilmente las puertas de su casa, ha dejado indagar en cada uno de sus discos, ha compartido sus memorias antes de la inminente desaparición a la que todos estamos destinados. Es Alfredo Mesa Cardona que empezó desde los 6 años a escuchar rock and roll en esta ciudad por influencia de su hermano. “En los 70 en el colegio escuchaba Zeppelín, Titanic, Deep Purple, Pink Floyd, Rolling Stone, y muchas más. Por esa misma época en un bar del Parque El Lago vi mi  primer show de rock en vivo con músicos pereiranos, me metía como fuera siendo menor de edad”. Con algunos de esos músicos conoció los  vinilos, empezó a conseguir sus primeros discos, a escuchar lo que ellos ya escuchaban, a grabar en casete, “ahorraba de la plata de los algos en el colegio para comprarlos”. Luego vino la Universidad, la vida laboral, la solvencia para viajar y comprar en tiendas especializadas y comerciales cuanta cosa llegara de rock. También adquirió mucha música de segunda, de rockeros en aprietos económicos, y con el tiempo eran los  mismos músicos quienes iban a su casa para saber que había conseguido, qué  nuevo podían escuchar, qué estética o sonido podían seguir. “Me informaban lo que había en la calle y yo volaba a comprar. Recuerdo que había un grupo de hippies que se instalaban en el andén de la séptima, por el Club Rialto, con vinilos  colombianos y cosas que ellos hacían. Luego se fueron trasladando para la 19”.

[blockquote text=”Sin la figura del coleccionista de música ningún proceso de producción musical realizado hubiera sido posible. Son parte vital de cualquier memoria. “]

Su colección más grande siempre fue en vinilo, inventariados  en cuadernos de hoja amarilla con estricta caligrafía calcula más de 2.000. Mientras lo repite una y otra vez, asume una tristeza en su rostro al  no poder escucharlos, de haber tenido que salir de gran parte de ellos debido a una enfermedad que viene sufriendo desde hace 15 años, distrofia muscular progresiva.  “La música estaba allí y mi pasión por coleccionar nunca mermó. Aún recuerdo que el más barato lo compré en 50 pesos y algo, por allá en los 70. Tenían aún la etiqueta de centavos”. Ha perdido gran parte de su movilidad, sería un esfuerzo extralimitado intentar colocar un disco de esos, pero la energía por el rock sigue intacta, aún se eriza con muchos de esos clásicos que escuchaba en su tornamesa. “Fue un dolor muy grande cuando se llevaron los primeros 700. Se llevaron joyas, atesoradas por muchos años. Se iban a dañar ahí, los discos  hay que limpiarlos y manipularlos, y yo ya no puedo”.

Hoy en día el ejercicio de escucha  se reduce a su teléfono inteligente o frente a su  computador, descubriendo el vasto universo de YouTube y el mp3. “La sigo coleccionando en mi cabeza”: esa misma que me ha mostrado tantos secretos, anécdotas y códigos del rock local. Por eso mi preocupación por esa memoria, por el único testimonio de una época, de un  inicio en lo que somos ahora en términos culturales. Por esos coleccionistas  se sabe que escuchaba la ciudad, qué motivó a los músicos a desarrollar un determinando sonido. En sus casas, entre gavetas y polvo, aún guardan la felicidad, esa misma que gira y gira sobre la bandeja redonda. ¿Qué pasará con sus discos cuando se mueran? ¿Se perderá ese legado? ¿A dónde irá a parar tanto esfuerzo y anécdota? La historia local de la música no se podría escribir sin ellos. Tras un esfuerzo desmedido,  Alfredito – como lo han llamado sus amigos por décadas – agarró uno de los discos que aún le quedan y me lo regaló, lo sacó de su gaveta, no sin antes contarme el relato maravilloso de cómo llegó a él.