De pesebres y épocas que no vuelven.

Compartir

Fotos: Jess Ar.

Toda obsesión tiene su origen en algo. En mi oficio como reportero he conocido muchas, ninguna como la de los coleccionistas, acumuladores o de una pulcra taxonomía, su vida gira en torno a una amplia posibilidad del objeto que veneran. Al entrar a la casa de Myriam Siluan, uno no se topa con cosas a su paso,  se puede caminar, todo está organizado, nada falta, nada sobra. Lo de ella son pesebres, y entre más pequeños mejor. Son casi 100 que ha reunido en los últimos 4 años.

Es asombrosa la pulcritud con la que los mantiene, mimetizados en su apartamento y siendo parte de todo lo que ocupa y decora el lugar. Por toda la casa hay pesebres. Y de muchas formas: prendedores, cuadros, colgados, plegables, sobre superficies, de ajedrez, entre las cosas. Y de muchos materiales: cerámica, vitral, cristal, piedra, alambre, lata de cerveza, fósforo, pepa de mango, tagua, chaquira, papel filigrana, tela. “Uno se entretiene mirándolos, cada uno es distinto, tiene una fabricación diferente”. De diferentes lugares del mundo: México, Venecia, Barcelona, Islas Canarias, “no desaprovecho viaje para buscar y conseguir más”.

Myriam comenzó con esta pasión navideña cuando encontró que era inútil invertir tanto tiempo y dinero  en una tradición que prácticamente se estaba perdiendo. “De niña hacia novenas en una casa distinta siempre, cantábamos, comíamos….hacíamos  panderetas con las tapas de gaseosa. Yo vivía en la casa San José, al frente  pasaba el tren, entonces colocábamos las tapas en los rieles para que fueran aplastadas a su paso. Luego con alambre las juntábamos, esa era la Tutaina de mi época, una delicia, ya  es muy difícil que vuelva. Yo me gocé la navidad, pero hoy en día ya no hay entusiasmo, hay otras prioridades, por eso me cansé de hacer arreglos, me gusta más lo que hago ahora, más sencillo, más económico, más bonito, más simple, más tradicional”. La de Myriam es una pasión solitaria, es un querer volver a vivir las cosas tal y como las  vivió antes. Su colección además no discrimina: los hay exóticos, finos, bonitos, delicados, simpáticos, creativos,  trabajados, ordinarios, sencillos, “me gustan mucho porque es el objeto navideño más variado”. La mayoría de ellos los ha comprado, “siempre y cuando sean miniaturas, entre más pequeños, mejor”.

La de Myriam es una pasión solitaria, es un querer volver a vivir las cosas tal y como las  vivió antes.

El más pequeño puede medir unos 3 centímetros, “es un pite…. era de mi  mamá, siempre que lo veía le decía que me lo regalara, ella me decía que no, que era su pesebre. Cuando ella se murió, lo cogí para mí, lo conservo….me acompaña siempre en mi mesa de noche. Es el que más me gusta. He escuchado que es muy importante mantener un pesebre siempre en la casa, y por eso lo mantengo en mi mesa de noche”.

Cada año Myriam Siluan espera la llegada de familiares y amigos, les hace la novena, comen natilla y buñuelo, ven los pesebres, le preguntan por los nuevos, se reúnen alrededor de ellos, cuentan la historia de cada uno. “Eso me entretiene, me relaja, me ocupa la mente, verlos y  acomodarlos…. cada vez que paso los muevo de sitio, son mi compañía. Mientras sean pesebres, yo los conservo”.

Compártenos la información de tus eventos culturales.

Por favor ingresa tu comentario
Por favor ingresa tu nombre