Martín Abad, la justa medida de las cosas.

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Foto portada: Jess Ar.

Me encontraba en el  Parque Las Araucarias de Santa Rosa de Cabal, sentado, pensando y  tomando apuntes,  boceteando  dicen por ahí, sobre lo que quería decir en este escrito sobre el artista Martín Abad. Son tantas cosas, infinitas evocaciones, imposible quedarse quieto de espíritu al recordarlo, hablar con él, verlo con el paso de los años avanzando sobre su cuerpo y mente. Todo en él se ha movido, menos esa naturaleza de ser niño, que le sale de un momento a otro, incluso en los múltiples encuentros que hemos tenido: “¿me saco un moco o me tiro un pedo para la foto?”, agarra mi reportera y simula hablar con alguien al otro lado como si fuese un juego de niños, yo lo hacía con zapatos o cualquier otro elemento alargado que simulara en forma a un teléfono.  Pero a su edad, e inclusive un poco menos, solo le queda bien a él, le luce cuando lo conocemos, es consecuente con lo que ha vivido, ha querido, ha deseado y ha hecho como artista. Así también lo he  encontrado en el recuerdo de muchos, entre sonrisas y lágrimas, siempre recalcando su particularidad, ese “solo Martín” que tantas veces musitamos al estar cerca de él. Lo he rescatado del fondo de algunos de sus amigos, admiradores, seguidores de sus obras y también de sus caprichos de niño pequeño, sus pataletas, su querer hacer las cosas a su antojo y  a su lógica, y lo mejor de todo, no podrían salir mejor, siempre tiene la razón.

En ese parque entablé conversación con un señor que sin conocer a Martín me habló  del pueblo donde nació el artista  en 1939. Me dijo, ante el replicar incisivo de las campanas de la iglesia que teníamos detrás de nosotros, – y sin yo preguntarle nada- “es peor en Jericó, Antioquia, allá suenan las campanas cada 15 minutos, ah!, pueblo católico ese”. Inmediatamente evoqué el documental Carta a una sombra, inspirado en el libro El olvido que seremos del escritor  Héctor Abad Faciolince, primo de Martín. Ambos trabajos son testimonios directos de una época de violencia que vivió la familia Abad. En el documental transcurre una escena muy particular, como Martín, donde el abuelo de Héctor es excomulgado por  entrar a una iglesia del pueblo a caballo. Ese es Martín, volví  a evocar, muchas de sus obras han sido actos similares  a ese.  Como parte de esa secuencia narrativa en el documental Héctor Abad recuerda cómo eran esos días de niñez junto a su padre en Jericó,  quizá los mismos que tuvo que vivir  Martín hasta los 8 años cuando su familia decide venirse para Pereira. “Éramos liberales en un pueblo godo, vivíamos a la enemiga, a oscuras,  en una aldea goda, medieval y  católica”.  Lo más sorprendente es la manera  tan vital que los Abad han enfrentado  la violencia y la muerte, sin resentimientos, sin eternas quejas, con la justa medida de las cosas, con la palabra y la naturaleza de las  formas que les presenta la vida. Héctor Abad recuerda al final del documental la gran enseñanza de Héctor Abad Gómez,  ya transformado en sombra, sus palabras se caen lentamente como si fuesen los discursos incendiarios y agudos de su padre: “no tengo odios por alguien, tengo odios por la muerte, por la violencia”. Y afirma que la vida debería ser eso que se apaga de  forma natural, legítimamente con la vejez.   No se cumple el ojo por ojo.

Lo he  encontrado en el recuerdo de muchos, entre sonrisas y lágrimas, siempre recalcando su particularidad, ese “solo Martín” que tantas veces musitamos al estar cerca de él.   

Foto: Jess Ar
Foto: Jess Ar

La primera vez que Martín me habló del asesinato de su hermana, y del cual él salió herido también,  ocurrido en La Empanadería –  famoso sitio donde Martín sonaba acetatos de rock y vendía sirope con empanada –, lo hizo de una forma tan tranquila como solo alguien que ha trasformado el dolor en dignidad, y en obra, puede hacerlo. “Fue delincuencia común” afirmó con certeza, libre de resentimientos y sin señalamientos ni confabulaciones de ningún tipo. Despejó de tajo cualquier sospecha que vinculara el crimen con algo político o ideológico.  Ese suceso lo hizo tomar la decisión más vital de su existencia: vivir rodeado de la naturaleza, y entre objetos, en una casa particular en La Florida, ya van 4 desde hace más de 40 años.  De la muerte brota la vida pero también de los conatos y coqueteos con esa propia muerte nace el arte, su obra. Cuando estaba a punto de graduarse de arquitectura en la Gran Colombia de Bogotá, sufrió un aneurisma  o desmielización cerebral  y tuvo que retirarse, recoger sus cosas y volverse para Pereira. Allí comenzó de verdad su camino por el arte,  a hacer obra como se vive y a vivir como si estuviese haciendo obra, no hay diferencia, en él es un mismo acontecimiento.

Ser director de Amigos del Arte de Pereira no solo motivó su propio proceso sino que abrió las fronteras del arte y la cultura en la ciudad, “creo que se realizó una buena labor” dice. Y recalca: “sin desmeritar lo que hacían otros, yo me moví mucho allá” Su mirada subió un poco y exclamó: “Qué belleza de luz la que entra acá, hice mucho, mucho allá”, reiteraba más. Ese es Martín, ni modesto ni exagerado, punto exacto, la justa medida de las cosas en lo que hace y dice, ni te da ni te quita, no niega lo que ha hecho, tampoco le pone de más.  Ese punto medio lo entendió bien su primo Héctor Abad al evocarlo en uno de sus escritos: “Martín Alonso Abad Abad, mi primo, era un excéntrico en Jericó, un excéntrico en Pereira y un excéntrico en toda la sociedad. Y para nuestra dicha lo sigue siendo. Cuando todo el mundo quiere ser común y corriente, del montón, e inclinarse hacia el centro de la campana de Gauss, Martín Alonso optó por los lados, por la marginalidad. Dulce y  hippie   al mismo tiempo, lo caracterizan la calidez, el cariño y la soledad. Felizmente raro en su retiro   de eremita, deliciosamente costumbrista y extraño en su escritura, original y nuevo en su ejercicio escultórico de ´arte póvera´ colombiana, Martín Alonso es un artista integral. Original, indomable e imposible de asimilar, Martín Alonso en todas las cosas de su vida ha optado por lo más extraordinario y lo más difícil: la libertad”.

Su obra solo puede entenderse desde los parámetros de lo conceptual pero no brota en él como una idea sino como un acto de existencia, una experiencia vital.

Su vida es obra, su casa es obra, sus actos son obra. Cada objeto puesto es un escenario para algo, es parte de un todo, es un hilo narrativo sin ningún tipo de libreto previo. En su casa puede encontrarse, como en ninguna otra, la perfecta unión entre el nacimiento  y la muerte, el artíficio y la naturaleza, lo objetual y lo humano.  Ni los objetos le ganan a la naturaleza ni la naturaleza a los objetos, todos están ahí en su justa medida, luchando una tensión en un terreno imparcial que el mismo Martín ha preparado.   Elementos encontrados en su deambular diario como gran caminante que es, fragmentos de sus obras que a diferencia de otros no guarda con la idea de vender o conservar sino que son puestos allí al paso del tiempo, al temple de su debilidad, a su propia y natural autodestrucción. Ramas de árboles que se transforman en mangos de sombrillas, televisores que hacen de materos, un cuadro “pintado” con moscas, alambres que crecen como flores,   es un infinito, un espacio lúdico donde las cosas, la mayoría de ellas chatarra o artículos de segunda mano, están puestas con una lógica tan natural como si fuese de siempre. Uno allí no sabe dónde comienza el objeto y termina la naturaleza, o viceversa. Todo está entremezclado como su vida con el arte, sus cosas con la obra, su ser con la naturaleza. Junto a esa maraña se encuentra también “el arte más importante que se ha hecho en Pereira en la segunda mitad del siglo XX”, en palabras de su amigo y cómplice en el arte Álvaro Hoyos. En la cocina uno puede toparse con un “caído”, muñeco de tela que hizo parte de una de las obras que cada año hacía en la Plaza de Bolívar en los años 80, mirar al techo y encontrarse con la continuación del Árbol Arma, quizá su obra de arte público más conocida. Y otra vez juega la ecuación: de la muerte, de los elementos  utilizados en ocasiones  para matar (cuchillos, machetes)  crea árboles, precisamente de donde brota  la vida que respiramos.

Autoretrato con alambre y puntillas. 1978

Foto: Javier García.

Martín Abad publicó dos libros en el género de la narrativa. Ambos, enfocados en lo autobiográfico son complemento para comprender su mundo artístico.

Foto Jess Ar.
Foto: Javier García.
Foto: Javier García.

Martín no te habla de grandes teorías o movimientos, su cuento es la vida, la mamadera de gallo, el reírse y bromear, el hacer como un acto de resistencia y goce. Su obra solo puede entenderse desde los parámetros de lo conceptual pero no brota en él como una idea sino como un acto de existencia, una experiencia vital, una manera de ser en el mundo; le fluye, brota, retoña, se conjuga con  él, no es pensada, es sentida, no es rayada en papel como un proyecto, es parte de su cuerpo, un dedo señala que ese objeto sin sentido es obra, y el arte nace, el arte no se hace, se encuentra, aparece, ocurre. Cuando conocí los libros de Nicolas Bourriaud que reflexionan  sobre el arte conceptual y contemporáneo, me sorprendí de los parámetros que  los artistas  que allí aparecían referenciados evidenciaban en sus obras, el trabajo con los elementos y los objetos, el fuera de foco con relación a  la pintura y la escultura tradicional, una vuelta de tuerca que me llevó a entender lo que ha pasado desde el orinal de Marcel Duchamp, e inclusive  mucho más acá.   Al conocer y adentrarme más en la obra de Martín, sentí que alguien venía haciendo ese tipo de cosas  de la forma más natural posible, sin tanta terminología en su boca ni  pretensiones de formalismo en su cabeza, sin ganas de galería o etiqueta de precio en su artesanía pero con sobradas ansias de hacer y renovarse cada vez más. Alguien desde la provincia, residiendo en lo rural, sin energía eléctrica ni acceso a las tecnologías más recientes que alivianan nuestro cuerpo  y facilitan el acceso al conocimiento.   Martín desde su casa – obra en sí misma – , ya venía proponiendo esos referentes que hasta hoy en día funcionan como punto de partida para los nuevos artistas.   Y al preguntárselo  responde casi sin saber cómo lo ha hecho, “eso pasa”. Sabe de su legado pero no opaca el de otros, se admira pero agradece, nunca ha emitido un juicio que no salga de un criterio racional a pesar de su vasta espontaneidad, amigo de niños, de alcaldes y representantes de la clase alta así como de cualquiera que aparezca a su paso, de la señora que hace arepas como de aquel que pide limosna en una esquina.

Su obra efímera, destruida al acto en  muchas ocasiones, debe ser objeto de estudio, su casa un museo que permita encontrar nuestros más selectos y queridos referentes culturales y universales. Martín es de todos, sin duda.  Por eso urge  un rescate académico de su legado, de sus “ocurrencias” que juntas son uno de nuestros puntos más altos en la creación artística. La tierra, el óxido, el moho y el tiempo  cubren lentamente muchas de esas obras en su casa. Es su decisión, es su voluntad, parte de la  obra que ha buscado ser y hacer. Y por eso debe ser consignada y  archivada como un acto de memoria para el conocimiento de futuras generaciones.

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3 Comentarios

  1. Tengo la fortuna de ser amigo de el me encanta su simpleza la paz y enseñanza que me deja cada que hablamos tiene tanto que marcar en la vida de tanta gente .

  2. Vivo entre La Florida y Pereira porque mi esposo alemán tiene su casa allá. No he podido dar con el paradero de la casa de Martín. También me gustaría poder disfrutar de la revista “Ciudad Cultural”. Cuando pregunto por ella, no ha llegado o ya se agotó, en Lucy Tejada o la Alianza Francesa.

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