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Foto: Pop Up

Me siento y escucho los sonidos de la ciudad. Oigo rugidos que parecen imitar a las antiguas bestias. Su volumen alto llena casi el ambiente de esta sala. Pero existen muchas voces dentro de esta polifonía. Un poco más agudas las motocicletas irrumpen con su canto afanoso. Un carro viejo parece reír al ser encendido. Los motores que bajan la cuesta suenan relajados aunque al contener el impulso chillen los violines de sus frenos. Los motores que suben son máquinas tensas que avanzan con esfuerzo y emiten un sonido vigoroso y recio. Entre estos sonidos bajos se mezcla el tin tin de unas llaves o unas monedas. La voz de alguien grita unas palabras a alguien que escucha y responde. Ya entrados a percibir tales sutilezas, oímos la tos de un vecino, y de pájaros distantes, no sabemos si libres o cautivos, oímos el trino.

Un teléfono timbra en el bolso de una mujer y le trasmite al contestar la voz de alguien. Ella tendrá que esforzarse para poder escucharlo envuelta como está en el gruñido de un camión que pasa y al pisar un hueco hace temblar la cuadra. Luego el mastodonte se retira casi por completo, y entonces… toda calle tiene esos momentos breves en que puede escucharse el viento. Y vienen soniditos peatonales, el dedo que oprime un timbre en alguna casa, la bocina que anuncia la mazamorra y los labios que silban lo que parece un joropo, esos detalles sutiles de instrumentación menor que hacen grande una obra.

 

Aquí en la sala, sin necesidad de ver como interpretan, puede uno imaginar el estado sicológico de los conductores. ¿El que maneja esta calmado o agitado? ¿Se siente liviano o carga un gran peso? El sonido responde estas preguntas pues cada automotor es un instrumento ejecutado por un instrumentista. ¡Son músicos! Músicos inconscientes, muchas veces genios que improvisan sin parar en el concierto de la ciudad.

Cada máquina o instrumento que suena lo hace motivado por un pie que sobre el pedal se empina, o por una mano apretada que hace girar más rápido las ruedas, y aumenta al acelerar el volumen y la frecuencia. Nuestros juguetes preferidos se mueven debido a impulsos cerebrales de hombres y mujeres, que haciendo cálculos rapidísimos y complejos encuentran delante de sí un espacio para avanzar hacia algún lugar.

 

Son solo sonidos que pasan para el que está sentado en la sala, pero todo el que viaja en moto o en auto, viaja también a bordo de un canto. Pues ese motor con sus distintas velocidades, esa compleja combinación de engranajes, electricidad y combustible, emite con todos sus metales una vibración rítmica, repetitiva y envolvente no solo para el oído sino para experiencia del cuerpo completo del viajero en trance.

Sugiero que este canto disfrazado de ruido mecánico es uno de los fenómenos orquestados más complejos de los que es capaz la mente humana. El sonido oscila en su intensidad y su frecuencia, viene hacia el que escucha y después se aleja. Son casi como olas para el soñador urbano. Casi como un mar exclusivo a los poetas.

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