La maldición de San Nicolás.

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Al barrio San Nicolás también llegaron los gitanos, por allá en los años 70. Se instalaron sobre una colina y comenzaron a fabricar sus pailas de cobre, mientras trataban de encajar entre una comunidad que también apenas se acomodaba en aquel lugar. San Nicolás fue un barrio pirata, las tierras no fueron invadidas sino loteadas a “precios de huevo”, como dicen muchos de sus fundadores, por eso creció de manera irregular contra todo pronóstico y contra la mismísima municipalidad. Un hombre llamado Nicolás Benítez, era el propietario de aquellos predios que estaban cerca al centro de Pereira, y que él cedió por compasión para que fueran poblados por familias desplazadas y pobres.

En ese lugar un joven gitano se enamoró perdidamente de una “Colacha” hija de fundadores, y que por ser bella llevaba el sino de la fatalidad en su rostro. La muchacha nunca permitió que los cortejos del gitano la conquistaran, ella quería otra cosa diferente;  irse lejos, dejar atrás la miseria del desplazamiento, la falta de agua, la absurda pesadez de la bota que tumbaba sus ranchos.

Su familia, al igual que muchas otras, se instaló en un lote que carecía de agua, luz, carreteras, y el cual tuvieron que comenzar a construir a diario, mientras se debatían en sendas peleas contra policías, ejército y funcionarios que venían a tumbar sus casas. Una pala y una pica que aún permanecen resguardas en la casa de Cristóbal López, han sobrevivido al óxido y a los años hasta convertirse en el símbolo de lo que fue esta especie de recolonización urbana. También sus pobladores exhiben un escudo y un himno, que dan cuenta de la historia del barrio que habitan, con la esperanza de que nunca olviden sus gestas, esas luchas continuas contra las autoridades que querían expulsarlos, porque habitaban sin saberlo, el lugar que la ciudad reclamaba para su ansiado progreso.

La “Colacha” vio como nombraron al barrio San Nicolás, porque de esa manera elevaban a la categoría de santo a su benefactor, porque San Nicolás es el santo patrono de los ladrones y porque así tendría ella un ángel al cual aferrarse después de padecer una absurda maldición que recayó sobre los pobladores de este sector. Aquel gitano le recordaba su belleza con insistencia, pero ella no lo determinó, no valoró sus cánticos de poeta, tampoco vio en sus ojos enamorados una razón para amarlo, ni en sus obsequios de cobre la gratitud, ella quería el oro que su belleza pudiera conquistar, quería irse lejos y por eso, ante tanto desplante, el gitano optó por suicidarse.

La muchacha ni siquiera se molestó en mostrar un gesto de dolor, y la madre del gitano, llevada por la furia, conocedora del enamoramiento de su hijo, decidió lanzar una contundente maldición: “Esa niña jamás saldrá del barrio y por cada uno de ustedes que se muera, morirán cuatro más” les gritó encorvando las manos a Don Cristóbal y otros fundadores más que no le dieron crédito a semejante conjuro y siguieron sus vidas normales hasta que 25 años después, uno de aquellos primeros fundadores cayó fulminado por un infarto. En el momento en que sus hijos y familiares que venían en auto desde Cali para el entierro, terminaron estrellándose contra un árbol y cuatro de los ocupantes perecieron, la sombra de la maldición recayó de nuevo sobre San Nicolás. Ahora ellos temen la muerte de otro fundador, pero guardan en secreto, hasta ahora que me atrevo a escribir, semejante hechizo. Los gitanos se fueron y de la “colacha” solo les puedo decir que está en el barrio, jamás pudo irse.

Esta historia hace parte de esos mitos que se ocultan en los barrios, como parte de la realidad de una ciudad que crece nada ajena a maldiciones, brujas o diablos.