La crítica

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No es solo con nuestro empeño aislado como se construye, es del trabajo mancomunado de múltiples empeños. Para lograrlo, además de la necesaria coordinación, se requiere de la escucha, esa misma que nadie jamás nos enseñó, esa que nunca aprendimos bien o, si lo hicimos, fue luego de un largo esfuerzo.

Escuchar a los demás, esos ajenos que a veces parecieran saltarse las cercas muy sagradas de nuestra privacidad, exige una alta capacidad de autocuestionarse, de saberse imperfectos, tanto en nuestra vida íntima como en la social. Para escuchar con serenidad se requiere romper muchos muros, uno de ellos, el más difícil, el del orgullo. Esa creencia absurda de pensar que estamos cerca de la perfección, que nuestras obras son ajenas a los cuestionamientos, es algo que en la madurez nos recuerda la puerilidad del comportamiento humano.

El orgullo desmedido, muchas veces arropado en la soberbia, es un mal que se extiende por muchos espacios de la actividad humana; pero la historia reciente enseña que en el campo intelectual, en el de la gestión cultural en particular, esa misma soberbia se transforma en altanería. Peor aún, en llana grosería que “exige” rectificaciones ante cualquier cuestionamiento, por más simple y evidente que este sea, pero elude responder a lo cuestionado.
“No soy lo suficientemente joven como para saberlo todo”, escribe con sorna Óscar Wilde, aforismo con el que pareciera retratar a cierta juventud intocable que deambula por el mundo. Y es lamentable ver tantas sanas iniciativas, variados buenos talentos, marcados todos ellos por el lastre de la vulgar pedantería, signados por ese estigma de la intemperancia que los hace inmunes a los cuestionamientos, lejanos de la capacidad autocrítica.
La gestión cultural es una tarea no pocas veces ingrata, la he escarnecido, pero es algo que vale la pena. Con ella se impacta a grupos sociales amplios, muchas veces impredecibles en cuanto a su alcance. Pero esa tarea tan alabable no puede quedar cubierta por el manto de la escasa o nula capacidad de autocrítica, de escuchar con real interés al otro que cuestiona. No para defenderse, tampoco para ofenderlo, pero sí hacer para balance y retomar para sí mismo lo que se considere pertinente.

En Pereira, esta ciudad hecha a punta del esfuerzo de anónimos montañeros, el engreimiento se ha tomado a muchos agentes de la cultura; alimentados, además, con la mixtura ponzoñosa de la envidia. Y eso tiene un alto costo social.
Ser humilde no es ser débil. Pero en esta sociedad de triunfadores –y de triunfalismos vacíos– el axioma pareciera ser ese: la humildad como síntoma de flaqueza. Lo lamentable es que aquellos que se proclaman a sí mismos como humanistas son los primeros en desafiar con arrogancia cualquier atisbo de cuestionamiento ajeno. ¿Qué es entonces ser humanista?
Se vienen tiempos de cambios profundos, no solo en nuestro reducido entorno, también en la sociedad colombiana. Para lograrlo, el trabajo colaborativo, la escucha y la humildad serán herramientas transformadoras, de cambio real de los individuos. Pero es impensable ese cambio cuando la arrogancia de los humanistas es el paradigma a cultivar.
Sobra arrogancia en nuestros humanistas y eso los hace menos humanos, menos personas.