La ciudad de las ambulancias

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Tanta prosa se ha esparcido en diatribas contra el ‘progreso’ que esta cuartilla con mis opiniones ya podría haber nacido superada. Pero como dicho concepto es tan supremamente relativo y nunca se progresa en términos absolutos sino en relación a un cierto estado particular de las cosas, es precisamente ese estado incipiente y mediocre en el que persistimos, el que validaría mi ensayo.

Para comenzar quiero decir que aquellos individuos y grupos que luchan arduamente por ‘progresar’ pueden llegar a un estado precisamente inverso al esperado,  y los costos de su progreso son más dañinos que los supuestos beneficios; para ilustrar este preámbulo se me ocurren estos dos ejemplos: 1. La cultura mafiosa, y 2. La actual calidad estética de Chocquibtown.

Me explico. En el caso uno, la verdad histórica vino a demostrar que los narcotraficantes pasaron por encima de media humanidad, de sus convenciones y leyes. En aras de ‘progresar’, y que el bienestar particular de sus familias campesinas o marginales (también ha habido mafia de estrato siete) fue un argumento para impulsar el negocio; así mismo se argumentó a un nivel macro, cuando algunos individuos de todos los estamentos cooptaron con el negocio bajo el pretexto de que el país lo necesitaba para progresar: “llenémoslos de perica y nosotros de plata”, se decían.

He ahí, a simple vista los estragos de dicho progreso. Y hoy aparecen por los medios de comunicación los hijos de los narcotraficantes, los supuestos beneficiarios del progreso, mendigando por le clemencia y la compasión ante la opinión pública, con muy poco dinero o casi nada de lo que amasaron sus padres; y nadie se detiene a pensar en la inflación y en las burbujas inmobiliarias dejadas por el ‘progreso’ ocasionado por aquella ‘bonanza maldita’.

Para el segundo ejemplo,  que a estas alturas de mi cuartilla le puede parecer muy traído de los cabellos al lector, quiero sustentarlo del siguiente modo:  pongámonos en los cueros de un artista cualquiera, preferiblemente en su etapa incipiente, con un reconocimiento parco de su trabajo y un éxito comercial moderado, digamos que hay avances, que el artista cosecha simpatías y la expectativa se cierne sobre él: ese es precisamente el momento climático del arte, cuando el medio le entrega la posta ante la promesa de que nos devuelva el sentido de querer seguir existiendo gracias a su arte.  Pero existe la traición del artista, cuando no se entrega al proselito sino que se vende al productor.  Y eso es el ‘progreso’  en el Chocquibtown de hoy, terminar sonando como un artista Disney, pasando por encima de los imperativos del arte, y mudando a los mandatos absolutos del mercantilismo sobre el folclor.

Ahora hablemos del progreso ciudadano,  del que parece insinuarse algo en el título de mi cuartilla.
¿Es que acaso tiene que ir la ciudad para algun lado?  En qué sentido ‘progresar’  es avanzar,  moverse? Pero lo damos por sentado.

Evidentemente suponemos que el Progreso es como una evolución, un cambio, un dinamismo, una mutación, o como lo dicen los filósofos: una perseveracion en el ser. Démoslo por aceptado.  Y concedamos que esos son los sentidos del progreso que análogamente podemos trasladar a la ciudad, este conglomerado sin un fin aparentemente distinto al del bienestar común,  y que redundantemente, el objetivo es evitar el malestar común. Ahora, ¿Crece la ciudad con bienestar? 
¿Hay mejores barrios, mejores colegios? ¿Mejores vias? ¿O todo lo que ya existía es ahora mejor?

Al parecer de muchos, realistas o fatalistas, cada día hay más malestar, mas bulling, más subempleo, más riesgos, más inseguridad: según escucho nuestros gurús del urbanismo y la planeación juegan al Tetris en una mesa llamada POT, y … Ahora sí, demos por hecho, lleguemos al asunto, que la proliferación de las ambulancias, a todas luces evidente para el que tiene oídos, es signo de un progreso contrahecho.

En el tiempo en que me he demorado en escribir esta cuartilla, cinco sirenas han pasado raudas a través de mi paisaje auditivo, violando todas las normas del tránsito, poniendo en riesgo a ciclistas, peatones y otros conductores. Es el imperativo de salvar una vida a la carrera, cuando toda nuestra civilidad hace rato violó las reglas de la competencia sustentable.

Ya no pongo alarmas para despertar, las sirenas de las ambulancias me mantienen despierto las 24 horas del día. Porque en verdad,  mientras las sirenas nos quiten el sueño y sean más las vidas que se arriesgan que las que se salvan cuando transitan desbocadas por los carriles del megabús, no nos ganamos nada dizque teniendo una ciudad más grande,  más moderna, mas motorizada. Y una cierta conclusión: Ahora, cuando ‘perseveramos en el choque’, hoy que podríamos sucumbir en cualquier instante, voluntaria o involuntariamente a un accidente, nuestro ‘progreso’ en la (desgobernada) movilidad ‘metropolitana’ reclama un regreso en el tiempo, un espacio para el ser sosegado, que garantice que conducir una moto o viajar en familia en un auto, o que ir como peatón o ciclista urbano o deportista, no tendrá un desenlace fatal. Ni que el remedio de ir en una ambulancia, medio muerto o medio vivo, sea igual o peor que el malestar que todo esto significa.