Juan Miguel Álvarez: En busca de un país

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Fotografía: Víctor Galeano.

 Juan Miguel Álvarez, uno de los reporteros jóvenes más destacados actualmente en el país, acaba de ser galardonado con  la distinción más importante que se concede a un periodista en Colombia: el Premio Simón Bolívar.

Por: Camilo Alzate González.

Usted empezó con un libro de cuentos, siguió en el periodismo cultural y a la par con la investigación, lo que significó su segundo libro ‘Balas por encargo’. Ahora explora el conflicto armado y esas historias del país rural que casi nadie conoce. ¿Ha habido una evolución de su estética en todo este recorrido?

El libro de cuentos ‘Tumbas en el aire’ fue un fantasma que yo tenía adentro desde mis días de colegio. Fueron mis años de formación sentimental y me marcaron mucho las relaciones sentimentales que tuve en esa época. En el colegio mi profesor de literatura, Gabriel Jaime Alzate, quien es un gran novelista, me dijo “usted tiene que leer a Raymond Carver”. Empiezo a leerlo y me hipnotiza, quedé enceguecido, leí todo lo que había de Carver traducido al español. Entonces, marcado por esa influencia intenté transformar en literatura todos mis vacíos emocionales. En esos años comencé mi carrera de periodismo, pero cuando me encontré con la realidad descubrí que quería hacer periodismo de campo abierto, y conocí a Kapuscinski. “Esto es lo que yo quiero hacer” pensé, “quiero viajar, quiero escribir, quiero vivir de esto”.

Las dos cosas cohabitaron, la influencia de Carver y Kapuscinski, pero como me ganaba la vida de periodista freelancer, no podía viajar a los lugares donde me hubiera gustado. Acababa de regresar a Pereira después de haber pasado casi toda mi vida en Cali y en Bogotá, y lo que podía hacer era empezar con los temas culturales, que son relativamente sencillos en términos técnicos, para darme a conocer y hacerme a un espacio. En ese contexto escribí mi segundo libro ‘Balas por encargo’, sobre la historia del sicariato en Pereira, porque era lo que tenía a la mano y para mí representó de alguna manera perder la virginidad en el periodismo más difícil. No fue una búsqueda deliberada de una estética distinta sino una forma de responder a las oportunidades que la profesión me iba dando.

Fotografía: Victor Galeano.

‘Paulina busca a su hija’, la crónica con la que acaba de ganar el Premio Simón Bolívar, parece la historia de una madre que quiere encontrar una hija desaparecida pero acaba siendo la metáfora de todos los dramas de nuestra guerra: la barbarie, el dolor, la impunidad, el desamparo, la reconciliación. ¿Cómo se encontró esa historia y cuáles fueron las claves para narrarla?

Para llegar a esa historia tuve la fortuna de que el equipo del Proyecto Reconciliación de la Revista SEMANA, para el cual yo trabajaba, la identificó previamente. Viviana Mercado, una periodista muy experta en temas de conflicto hacía la avanzada en los territorios y se reunía con personas claves en estos asuntos del postconflicto. Con ellos concretamos un abanico de temas y cuando tuvimos el concejo de redacción a mi me propusieron cinco historias. Cuando me dijeron que había un caso de una enfermera desaparecida por los paramilitares yo pensé “esa es”, independientemente de que las otras fueran muy contundentes. ¿Por qué? Una enfermera hace lo que probablemente sea la acción más noble de la condición humana, no hay nada que represente más el sentido de compasión y solidaridad: la enfermera entrega su cansancio para que una persona herida se recupere. Eso no tiene parangón en la literatura universal, claramente hay otros relatos universales, pero ese paradigma, el de un ser humano entregado para el bienestar del otro, el de alguien que socorre a un desvalido, es un gran tema de la literatura.

Yo no tenía ni idea de los demás pormenores de la historia de Paulina Mahecha y su hija María Cristina Cobo: no sabía que ella había sufrido de niña un accidente que casi la mata, ni que su madre estaba tan desencontrada con la vida, o que había tenido que escuchar del propio victimario cómo habían matado a su hija. Sólo me enteré de que era una enfermera desaparecida por los paramilitares por ser acusada de asistir a los heridos, entre los que habían miembros de la guerrilla. Me enteré de todo lo demás cuando fui al Guaviare para hacer el encargo del Proyecto Reconciliación. Yo cumplo con el encargo de SEMANA, pero cuando veo que en ese encargo sólo puedo contar la décima parte pienso en escribir una crónica más larga, lo que hago dos años y medio después cuando vuelvo sobre la historia a profundidad y le doy una vida distinta, hago otra cosa. Finalmente esta nueva historia fue la que se publicó en la revista El Malpensante.

Fotografía: Víctor Galeano.

En otras oportunidades también se ha interesado por el relato de los victimarios, a quienes no estamos acostumbrados a escuchar. ¿Por qué es importante contar también la versión de los que tomaron parte activa en la guerra?

Los relatos de las víctimas y de los victimarios tienen importancias distintas porque obedecen a finalidades distintas, pero cada uno en su campo específico tiene una importancia extrema. A las víctimas hay que darles la voz porque con eso se consigue un resarcimiento moral: hay desahogo, hay un rostro que deja de ser una cifra más, y viene la importancia política de transformar la memoria oral en la memoria escrita de una época. Pero contar la vida de los victimarios y escuchar su experiencia tiene otra relevancia, si se quiere también ambivalente. Por un lado, en este país el conflicto armado es tan difícil que en el noventa por ciento de los casos los victimarios primero fueron víctimas, ya sea porque el conflicto los golpeó o porque fueron reclutados siendo menores y se volvieron máquinas de guerra a las que juzgamos hoy como si hubieran tenido capacidad de decisión o hubieran entrado a la guerra por gusto propio. Por otro lado, lo más complicado para entender dentro de la historia de nuestro conflicto es descifrar porqué una persona toma la decisión de matar a otra. ¿Por qué? Esa respuesta sólo la pueden dar ellos, los que empuñaron las armas, el paramilitar que descuartizó, que desapareció, el guerrillero que tuvo formación ideológica, el que hizo el curso y fue capaz de matar a traición en emboscadas. ¿Cómo llega una persona a convertirse en una máquina de matar? ¿Qué tiene que operar en el cerebro de esa persona? El día en que nosotros como país le demos una respuesta satisfactoria a ese asunto es muy posible que podamos planear políticas públicas y estratégicas de inclusión, de educación, de salud, o de lo que sea, para evitar que ocurran las circunstancias que llevaron a esas personas hacia esas decisiones. La única manera de resolver ese asunto es escuchando a los que mataron, es la única forma de saber por qué fallamos como país.

 

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