I’m not there

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Solo el premio Nobel de Bob Dylan ha causado más gritos al aire que el NO del 02 de octubre.

Como en el caso de las votaciones por el plebiscito, muchos temen que la literatura de estilo tradicional (y cristiano) sea profanada, arguyen que la literatura debe escribirse como siempre se ha hecho y como lo ordenan los libros sagrados (la poética de Aristóteles, el Pseudo Longino, Ítalo Calvino y Terry Eagleton); alegan que una frase debe llevar siempre sujeto, verbo y predicado, y que lo contrario atenta contra la moral y los buenos principios; temen que nuestros hijos sigan el ejemplo de esos que escriben poemas y los cantan en lugar de publicarlos, que imiten el estilo lacónico y melancólico, que adquieran la manía de fragmentar la realidad en lugar de representarla como debe ser y, más aún, les asusta que los niños terminen violando el dogma sagrado de la imagen poética. Ellos son a la literatura lo que el ex-procurador al… (¿a qué?).

Otros, en cambio, actúan con mezquindad y cobardía, gritan que es un Nobel inmerecido, que nada más se lo dieron porque tiene amigos en la Academia Sueca, e incluso dicen (sin pruebas reales como debe ser) que todos los artistas premiados por esa odiosa institución son contratistas o amigos de los contratistas, sin valores ni buen apellido cuya obra carece de valor porque la que realmente tiene valor no es premiada.

Sin embargo, esa parte de la crítica literaria ha estado concentrada en una literatura que tiende a establecerse, pues se ancla en una tradición aristotélica que ha dado, sin duda, enormes poetas y que resulta cómoda para la academia, pues está tan establecida que estudiarla es sencillo y decantar sus características formales y temáticas es ya un ejercicio simple (incluso algunos académicos usan la frase “¿qué se puede decir sobre ese autor que no se haya dicho?” para referirse a lo muy estudiado que tienen a los autores ya establecidos en una tradición).

Pero yo siento que se les ha escapado algo: la ruptura de la modernidad produjo ondas tan extensas que apenas ahora descubrimos algunas de sus consecuencias. Sí, los modernistas se separaron de la belleza, renunciaron a la forma aristotélica y quisieron romper con la tradición. Pero creo que la cosa no paró ahí, si bien la autoconsciencia del arte cambió para siempre el arte (eso habrá pasado ya unas siete y ocho veces en la historia), fue el cambio de mentalidad, en la forma de relacionarse con la vida lo que realmente tuvo y está teniendo consecuencias notables en el mundo del arte y en el mundo de la realidad. Si trazamos una línea “ideológica” desde Baudelaire, que pase por Nietzsche, por Rimbaud, los existencialistas, los escritores de posguerras (incluidas las vanguardias, me gusta Boris Vian), la Generación Beat, esa línea desemboca en grandes poetas como Bob Dylan, Jim Morrison, Jaime Jaramillo Agudelo, Al Berto, Paul Muldoon, Nicanor Parra, Dolan Mor, Raúl Zurita, Wisława Szymborska y Allen Ginsbert, y otros tantos que son ya una tradición.

Pues bien, como lo de esta columna es una película – y no pretende salirme del estilo – , recomiendo ver la experimental biopic que construye Todd Haynes (Carol, Velvet Goldmine) sobre la descentrada y auténtica vida de Bob Dylan. Una película que se parece mucho a su tema: es incómoda, patética, extrañamente hermosa y real, y sin una línea aparente que seguir. Muy al estilo Bob Dylan.

Director: Todd Haynes.

Reparto: Cate Blanchett (Bob Dylan), Heath Ledger (Bob Dylan), Charlotte Gainsbourg, Richard Gere (Bob Dylan), Christian Bale (Bob Dylan), Julianne Moore, Ben Whishaw (Bob Dylan), Marcus Carl Franklin (Bob Dylan), Kris Kristofferson.

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