Hipocresía de artista

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El arte, en cualquiera de sus manifestaciones, es una de las mayores alegrías que la concepción de humanidad puede deparar a cualquiera. El éxtasis de hallar, en la creación propia o ajena, algo que sublime o acerque a la redención es un momento epifánico que muy pocos pueden darse el lujo de tener.

No es un lujo en el sentido de alto costo. No. Es un lujo porque demanda ciertas condiciones en el que se extasía, condiciones supeditadas a la creación de una apropiación personal del hecho estético, algo que no está marcado por el poder adquisitivo, mucho menos en la valía intelectual.

Arrobarse frente aquello que un día nos dejó con los ojos pasmados, el corazón pleno de ditirambos y la carneB trémula ante la emoción es algo que exige de cualquier individuo una imperiosa capacidad de asombrarse. Pero vivimos en la época del nulo asombro.

Esta ruin cotidianidad –que nos envuelve con sucesos afanados, sucesivos y urgencias que desplazan a lo importante– ha mecanizado la capacidad de asombro, paso o gesto inicial para disfrutar del hecho estético –llámese este como se llame, o preséntese de la manera como cada uno prefiera apropiarlo–.

Y esta falla, ya tratada por Wilde en alguno de sus olvidados ensayos, no solo se extiende como sombra sobre las personas del común, sobre el parroquiano que reconoce el “arte”, o cierta estética, en las cosas más imprevisibles del diario quehacer; la incapacidad de emocionarse con sinceridad también llegó hasta la médula de no pocos creadores.

Esta incapacidad de emoción, de vivir lo artístico como una posibilidad íntima plena de sentimientos honestos, cunde entre creadores que nos llenan de disparates que funcionan solo en el plano de una dialéctica enrevesada, sin alma, pero fatigada por ideas inconexas y referencias ajenas que parecieran hablar al vacío de quien las expone.

Lo estético, tan cercano a la emoción, de hecho nacido en la emoción misma, se ha trastocado en lo impresionante, lo raro, lo rebuscado… La capacidad de emocionar hasta el tuétano mutó en la impresión efímera, en la provocación insulsa del adolescente que se sabe diferente, pero desea llamar la atención.

Artistas de avant-garde, vanguardistas que apuestan al vacío de creaciones nacidas en el fingimiento, en la inhumanidad de quien ya se sabe falto de capacidad de asombro, de maravillarse ante un arrebol… a menos que haya alguien que tome nota de tal impostura. Esa creación mercenaria es la que permea hoy esa parafernalia muy bien llamada industria cultural. Industria sin chimeneas, sin emoción y rara vez dotada de ideas.

A los artistas les falta honestidad, incluso hasta decoro, para reconocer que esas vacías creaciones no son más que parte de la enfermedad general que nos abruma. La enfermedad de una época que olvidó el asombro, y la capacidad de asombrarse, en el fondo del sombrero mágico olvidado en el lejano patio de la infancia.

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