Gula

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“Si Aristóteles hubiera guisado, más y mejores libros hubiera escrito”, escribe sor Juana Inés de la Cruz en su Respuesta a sor Filotea de la Cruz. Razón no le falta a tan inteligente mujer, tanto que anduvo cultivando flirteos con una marquesa, una de sus mecenas.

Tal parece que en estos andurriales pocos escritores saben de cocina, de cocinar y mucho menos de comer. Apenas sus destrezas gastro-intelectuales dan para el ejecutivo de 6.500 pesos o aquel de 12.000 en el espacioso almorzadero de la calle 21, cuando el anhelado premio municipal visita las flacas cuentas bancarias. Quizá aquello de “dime cómo cocinas y te diré cómo escribes” puede dar lugar a un librito lleno –repleto, diría yo– de lugares comunes, más uno que otro chicharrón que provoque indigestiones.

Aunque debajo del mantel no faltan quienes hacen de la escritura una provocadora recreación de la comida, así esta no sea de la más refinada hechura ni aquellos unos auténticos gourmands. Quizás apenas sí puedan calificarse como glotones y glotonas que andan a la búsqueda de algún parroquiano que colme sus pobres entresijos.

 

pasta-gastronomiaLa gula por acá, país que algún distraído expresidente calificó como “de cafres” –mil excusas para ellos–, es un pecado inexistente. Tanto que de hambre se mueren los niños, los ancianos… y los escritores, famélicos seres que deambulan en estas despatinadas calles envueltos en vaporosos pantalones vaqueros que parecen desfallecer al no hallar asidero en tan canijas personas. Son mera literatura desprovista de sustancia.

La gula no hace parte de los pecados nacionales, es con bastante notoriedad una gloria inexistente en el país de la canela y de la candela. Ni en la literatura se ve, por ello reto a quien quiera para que rastree banquetes pantagruélicos en las obras de tantos autores nuestros y hallará apenas unos frijoles trasnochados, algún trozo refrito de carne vacuna y poco más allá. La literatura colombiana sufre de un hambre terrible… exangüe figura a la orilla de lupanares –de putas y putos sí sabemos–, sicarios, narcos, terratenientes y otra fauna similar, pero nada de sabrosa cocina, mucho menos de cocina exquisita.

Pobres intelectuales nuestros cuya vida consiste en deambular por plazas y esquinas a la espera de algún hueso duro de roer, para así distraer en algo sus desvaríos plasmados en hojas sueltas que el viento no se lleva, pues poco se ha visto el aire juguetón en este agosto.

Sí, a la literatura colombiana le faltan carne, hueso y sustancia. También verduras, frutas, legumbres y, sobre todo, mucha cocina fusión para salir de la fórmula tradicional basada en obras predecibles, garrapateadas por tantos autores hambrientos… de fama. Campea el hambre, sobre todo de este último deseado ingrediente, pues a los literatos nuestros también les hacen falta muchos huevos.

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