Una fiesta underground pereirana

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Lo que relato es algo que creí contemplar y escuchar en una fiesta de jóvenes. Podría ser una fiesta underground pereirana en el corazón del centro de la ciudad. Uso el verbo creer pues el licor hizo sus efectos y me sirvió para pensar en la idea de simulación. Confieso que desde esa noche padezco una constante migraña y no sé si el dolor  fue producto de  la estética del ruido imperante allí.

Una muchacha muerde la nariz de payaso del escultor Vinasco. El lugar está lleno de jóvenes, aunque el universo para Vinasco parece concentrarse en la cintura de la muchacha que abraza. ¿Luego de ese abrazo quien podría  imaginarse lo que pasó? ¿Fue el influjo de la música, de los Drag Queen y los barbados que se besaban mutuamente, lo que condujo a la lujuria a la novia de Vinasco? ¿O fue una impresión mía y la confundí con otra muchacha cualquiera de las que pueblan los sitios bohemios de la ciudad, tambaleantes y ebrias, entre un ego inflamado por Instagram y  una supuesta vocación artística?

El epicentro de la fiesta está más deteriorado que nunca. Veintisiete años atrás fue un lugar de música social y diecisiete años atrás el rock fue monarca en sus noches de viernes. Pero en junio de 2016 ¿qué restos quedan? Pues los “Drag Queen” resultaban ser  los más visibles egos en el patio donde un grupo de jóvenes se contorsionaba. El baile tiene pretensiones electrónicas. A mi lado, Vinasco, con su molesta nariz de payaso,  abrazaba como un maestro del moldeado la cintura de su novia.

-¿Qué le parece?– preguntó dirigiéndose a mí -¿no es toda una fiesta underground? “Underground de vereda”– insistió el artista.

Simular, ese es el secreto del arte de hoy –le respondí con aire soberbio, intentando no mirar aquella nariz redonda que estimulaba en mí la coulrofobia. En ese momento su novia escapó de sus brazos. Casi gritando dije: en la Sociedad del Espectáculo solamente se necesita definirse como escritor aunque no se lea. Mostrarse como músico, tomar el micrófono y acompañarse de un sintetizador aunque no se haya escuchado en la vida ni siquiera a Bach. Se necesita solamente la funda, la apariencia,  amigo, ese es el caso de la pareja de posesos que se presentaban en el escenario- indiqué con el dedo-. El escultor Vinasco me odió, lo vi en su nariz que estaba más inflamada que nunca. Preferí entonces escapar hacia el baño, fue allí que supe la contundente, la horrible realidad. Entre la multitud que esperaba en el baño unisex: hidras de tres cabezas, drag queens, hípsters, yo insistí que me abrieran una puerta, toqué repetidamente. Al otro lado una voz masculina contestó molesta, pero al abrir,  emergió un joven alto y atrás suyo… la  novia de Vinasco.

Luego de la micción y de comprobar si había en aquella letrina muestras comprometedoras del acto, regresé a la fiesta, con el corazón destrozado, solidario con el desdichado ceramista quien seguía disertando en medio de aquel ruido. Le escuché decir que la materia es energía la cual libera fuerzas libidinosas, y que bajo el alcohol “todo entra y todo sale” “hasta lo feo se ve bonito”. Pensé decirle entonces: “¿Vinasco, sabe usted donde se encuentra su novia en este momento?”. Pero Vinasco sólo se escuchaba a sí mismo:

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