Escribir sobre el patrimonio de la ciudad

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Es la una y treinta y cinco de la tarde en el reloj de la Estación del Ferrocarril, a un lado del Olaya Herrera, ese parque gótico y en ruinas, habitado por árboles enfermos, donde suelen buscar sombra indigentes y pequeños grupos marginales. Es el tiempo de la modorra, del entresueño, del “estoy marihuano”, como diría un poeta nadaísta, al sentir en su estómago “alacranes y fósforos de guerra”. Una mano anónima ha escrito sobre el patrimonio ferroviario este graffiti que sigue una ruta natural, de vuelo psicodélico e incorrecto: “Legalize la marihuana”. Y un poco más allá, a un lado de la pared del abandono, otro: “Más drogas menos corrupción”. Y en medio de todo, la insignia de una puta desesperación por un equipo tan desordenado como las cuentas del Megabús: el Deportivo Pereira.

Aquí, en esta vieja Estación, nació la Emisora Cultural “Remigio Antonio Cañarte” y funcionó la Biblioteca Pública Municipal y aquí creció la memoria escrita de la ciudad gracias a una bella anciana que vivía a un cigarrillo pegada, doña Aideé Botero. De esa relación de la ciudad con los libros brotan estos mensajes nuevos, escritos con tinta negra, a esa hora de la madrugada en que ya no suben trenes a los cielos: “Se besaron al reves, él hacia arriba y ella colgando como un fleco, se besaron mordiéndose un poco porque sus bocas no se reconocían – Rayuela”. Cortázar en Pereira, imagínense, ese gigante argentino avivando un malestar juvenil, esas ganas de toda una tribu de perderse en un vagón sin frenos rumbo a la zona bananera de Macondo. Imagínense a Cortázar en Pereira, preguntándole a Eduardo López qué astros milagrosos permitieron que en el zoológico naciera “ayer un oso gris” y desde cuándo en la aldea “juega un maduro sol con el cemento”. Ese hombre de barbas largas y dientes podridos, ese hombre que solía tocar el saxofón indicando a nuestros chicos la acción del día: “Si se me acaba la yerba, estoy frito, pensó Oliveira –Rayuela–”. Aunque, valga decir, no falta el muchacho cuerdo que teme a la locura de las mujeres de su barrio y detiene, como sobre un riel aceitado, sus impulsos: “Marciana! Usted siempre ha sido más de volar. Yo de no ahogarme”. Tiene futuro la ciudad, regurgitan dos músicos, el del “Hip Hop”, el de “Anarco Punk HC”, que a esa hora de la tarde maldicen el mundo y en especial “Instrumentales del Mediodía”, el programa bandera de la Emisora Cultural en sus frecuentes 97.7 de sueño y de modorra. Porque es la una y treinta y cinco de la tarde en el reloj de la Estación del Ferrocarril, es la hora del sopor y del letargo, el brote de un desaliento que obliga a otra mano anónima a escribir sobre la pared: “No ganaba nada con preguntarse qué hacía allí a esa hora y con esa gente”.

A esta hora la vieja Estación está abandonada al misterio de las manos que siguen escribiendo sobre su piel añeja. Una placa oficial recuerda al turista que el tren llegó a Pereira en 1921. Eran los tiempos de exportar el grano de café por el puerto de Buenaventura. Le informará también que después la estación se vistió con “rasgos de art deco” y se le agregó ese bello reloj de torre donde aún es mediodía. Desesperado por el calor y por el olor a excrementos de la zona aledaña a la Estación “Condina” del Megabús, el turista detendrá sus ojos en la dermis de la vieja Estación y leerá: “No hay más pureza que tu”. Perplejo, porque no entiende el mensaje, animará la rumba de la noche en el “Circo sin techo” del “Solo Circo Olayos”; sacará su bareto Colt 45: ¡Jueputa qué rico!”. Memoria sobre la pared, la ciudad calla, mientras alguien pide “Menos requisas” y deja estampada, en la eternidad del abandono patrimonial, este mensaje sencillo: “Te amo Manu”.