El arte de ida y vuelta

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Un perfil de Diego Restrepo y Encubarte.

Juan-MiguelUNO. En el parque del barrio San Fernando, en Cuba, cada noviembre se celebran las fiestas culturales por el aniversario de la comunidad. Durante tres días seguidos, de viernes a domingo, el teatro, la danza, la música, el performance y la literatura reúnen cerca de tres mil jóvenes en un solo canto de paz y convivencia.

El gestor de este encuentro se llama Diego Restrepo. A sus 43 años es padre de dos hijos, esposo, y uno de los emprendedores culturales más resueltos del área metropolitana de Pereira. Usa el pelo largo sujetado con una cola, siempre viste de negro —pantalón y camisa— y se cruza una bufanda en el cuello, sin que le importe mucho el calor. Carga un maletín de mano y es común verlo caminar con premura entre las oficinas públicas de cultura de la Gobernación y de la Alcaldía, y otras tantas del sector privado.

Durante los periodos más graves de la violencia urbana en la ciudad, el parque del barrio San Fernando fue escenario de tiroteos, asesinatos de menores de edad, pandillismo y tráfico y consumo de drogas. Por estar cerca o por ser un espacio público apropiado para el descanso de los estudiantes de un colegio vecino, siempre fue usado por delincuentes para involucrar en sus fines a niños y adolescentes.

Hoy el parque es un espacio en proceso de resignificación y de una nueva apropiación por parte de la comunidad. Ya es menos frecuente encontrar allí a jóvenes desocupados entregados a las drogas; hace mucho tiempo —más de cinco años— que tampoco ocurren crímenes ni balaceras en sus esquinas. Y la comunidad viene protegiendo los árboles y el césped que ha empezado a echar raíces.

Para muchos es evidente que este resultado es uno de los varios logros de la gestión cultural de Diego Restrepo.

DOS. Restrepo llegó a Pereira en 1984. Venía de Medellín, su ciudad natal. Sus padres le habían huido a la violencia del narcotráfico que ya rezumaba muertes en sectores residenciales. Restrepo era un joven aplicado, colaborador en la manutención de la familia. Hasta que en 1989 conoció el teatro. “Era un juego con una pelota, dirigido por Álvaro Bayona, en el colegio Inem —recuerda—. Me dejó participar y yo sentí que siempre había amado el teatro y que mi vida ya estaba en el teatro”.

Dos años después, en 1991, junto con un socio creó el grupo cultural y artístico La Moira. Con esta organización, Restrepo emprendió el camino de la actividad y la gestión cultural como único proyecto de vida. Para su familia no fue fácil aceptarlo: a sus padres les pareció que era caminar contra la corriente y a su novia, con la cual ya esperaba un hijo, simplemente se le antojó inaceptable. “Me desenamoré de inmediato”, dice.

Con La Moira recibió su primer trabajo en las tablas. Fue contratado para sacar adelante un grupo de teatro de un hogar juvenil del centro de Pereira. “Esos niños eran los hijos de nadie y había que darles la posibilidad de que se expresaran. No se trataba de ser un director que le exigiera a los niños mejor entonación o más habilidad en la actuación. Era ayudarles a sentir confianza para que se subieran a un escenario, maquillados y con pelucas”.

Durante las tardes, Restrepo asistía a clase de teatro en la escuela del recién inaugurado Santiago Londoño y en las noches trabajaba en un bar como discómano. Eran horas que aprovechaba para leer sobre dramaturgia, para prolongar su autoformación. Y en las mañanas se convertía en el director de los niños. “Hoy me he encontrado con algunos que se quedaron en la calle, con el basuco. Y me reconocen: ‘Profe usted me daba teatro’. No me enorgullece que estén en la calle, pero si me recuerdan es porque algo bueno les quedó. También me encuentro con otros que tienen esposa e hijos y cuando me ven le dicen a la esposa: ‘Él fue mi profesor de teatro. Y por él soy lo que soy ahora’. Y ese reconocimiento es mi satisfacción más íntima. Eso es el teatro, da riqueza, da vida”.

TRES. Del hogar de niños de la calle pasó a dirigir un grupo juvenil de teatro en el municipio de Apía. Cargo en el que duró dos años. Hasta que en 1998, por diferencias morales, se distanció de su socio y renunció a seguir siendo parte de La Moira. “No me llevé nada material. Me llevé todas las ideas”.

En la calle volvió a comenzar de cero. Tenía 30 mil pesos en el bolsillo y el compromiso con un centro comercial de montar un taller teatral para niños. Con ese dinero compró una pistola de silicona, papel de colores, colbón y tijeras. El taller fue un éxito y usó el dinero que le pagaron como capital semilla para su siguiente organización a la que llamó Teatro taller creativo y lúdico, arte y cultura para la vida. Esto ocurría en 1999.

Dos años más tarde conoció a su actual esposa, madre de su segundo hijo, que además terminó siendo su socia, pues desde el comienzo creyó en la gestión cultural como un proyecto de vida compartido.

[blockquote text=”Hoy me he encontrado con algunos que se quedaron en la calle, con el basuco. Y me reconocen: ‘Profe usted me daba teatro’.”]

Fue durante esta época cuando Diego Restrepo asumió la producción ejecutiva de la película Los últimos malos días de Guillermino. “No tenía ni idea de producción de cine, pero tenía idea de producción de teatro”, dice. Fue un proceso de subidas y bajadas. De promesas de recibir dinero público y de rechazos por parte del sector privado. Fue un proyecto en el que Restrepo logró gestionar recursos por más de 700 millones de pesos. “A mí la plata nunca me ha preocupado, porque la plata está ahí. Hay empresarios muy buenos, muy generosos, y además saben que esta ciudad necesita crecer”. Es todo un logro, pero durante años le costó la estabilidad económica y no menos la familiar

CUATRO. Dio vueltas por España en donde presentó una obra llamada Palabra por palabra, del grupo La Tropa Teatro. Y a su regreso a la ciudad se ubicó en una casa del barrio San Fernando, con salida al parque. Era una edificación de dos niveles, espaciosa y de agradables detalles interiores. Pero muy deshabitada: como apenas eran tres personas —junto con él, su esposa y su hijo menor—, Restrepo la sentía subutilizada. “Para qué una casa tan grande si no la podemos disfrutar toda”, se repetía.

Y una noche le dio por invitar a unos amigos a ver una película y a comer crispetas. Y se antojó de montar un cineclub pero entendió que no podía violar los derechos de autor de las películas. Fue a partir de ese encuentro, en todo caso, que entendió que había un proyecto cultural a la mano.

A su hijo mayor le preguntó si era capaz de dar un taller de iniciación musical y a otro amigo, uno de yoga. Él impartiría el de teatro. Y así colgó un letrero en la pared externa de la casa “Talleres de iniciación musical, teatro y yoga”. Los vecinos no tardaron en aparecer y preguntar. Su estrategia confundía a los más desconfiados: como no cobraba los talleres, algunos padres de familia le preguntaban: “¿Qué busca?”.

Lo que buscaba era despertar un proceso de apego por la cultura entre la comunidad. Motivar a los niños y jóvenes del barrio en prácticas artísticas. Y finalmente con ellos conformar un equipo de trabajo para más adelante ofrecer servicios a clientes privados y a instituciones públicas. “Un día un joven se ofreció a dar un taller de guitarra. Otro día un amigo se ofreció a dar un taller de lecto-escritura. Y una tarde un grupo se acercó preguntando si les prestaba el espacio para practicar danza árabe. Les dije que sí y les pedí a cambio clases de danza árabe para la comunidad. Y así empezó a llegar la gente”.

[blockquote text=”Su estrategia confundía a los más desconfiados: como no cobraba los talleres, algunos padres de familia le preguntaban: “¿Qué busca?”.”]

Hoy esta iniciativa de talleres se llama Encubarte y a sus jornadas asisten unos 300 estudiantes por semana. Todos los programas son gratuitos. Y los profesores ya han empezado a recibir pago por su trabajo. “Esto se ha construido así: a partir de lo que tenemos, qué podemos dar —dice Diego, satisfecho—. Encubarte ha beneficiado a seis mil personas en estos siete años. Muchos jóvenes vinieron aquí por curiosidad de participar en los talleres musicales y hoy ya son músicos graduados de universidad”.

Cuando la junta de acción comunal del barrio le pidió que le ayudara con la organización de las fiestas aniversarias, Diego les dijo que sí bajo la condición de que fueran culturales, nada tipo verbena. La Junta aceptó. Y fue la oportunidad para que Encubarte integrara los resultados de los talleres de formación con la celebración comunitaria.

“Cuando yo veo el sueño, no hago sino mirar para allá”, dice, alegre. Recuerda que hace un tiempo se reunió con varios de sus amigos en el tercer piso de la casa y les dijo: “Este pedacito de cielo, lo soñamos una vez, se los conté, y ahora lo tenemos”. Diego Restrepo sonríe con cada recuerdo. Es optimista y cree en el fuego de la vida. “La gente dice que de amor no se vive. Pero de amor sí se vive. Porque cada cosa que hagas con amor, la vida te devuelve para lo que sea”.