El Virrey Abad

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En Pereira no tuvimos época colonial ni conspiraciones septembrinas ni sobrinos de José Antonio Galán que gritaran en las calles a favor del rey y en contra del mal gobierno. Tampoco tuvimos un rey que en sus largas vacaciones le diera por viajar a África a matar elefantes, ni príncipes que se casaran con mujeres anoréxicas, sin apellidos ni abolengo.

El Virrey AbadPor fortuna, a ningún Marulanda ni Vallejo ni De la Cuesta les dio la ventolera por importar una pareja noble, como sí lo hicieron los mexicanos con Carlota y Maximiliano, durante el Segundo Imperio. Fue entonces cuando brotó, de entre trochas y caminos indígenas, el absolutismo de la colonización antioqueña y caucana. El mundo se llenó de mulas, bueyes y fondas. También se llenó de trueques y deudores morosos. Luego llegaría el café y más tarde el bambuco como una historia cantada.

La casta nuestra, de origen popular, más bien preocupada por los rieles del tranvía y el costo de los teléfonos automáticos, debió preguntarse, ante la posibilidad de edificar un imperio, algo práctico: ¿y dónde carajos les construimos el Castillo de Chapultepec? ¿En Galicia? ¿En Altagracia? ¿En los terrenos que ahora ocupa el parque Ukumarí? ¿Querrá esa pareja azul hacer parte de la Sociedad de Mejoras Públicas y fundar más adelante un zoológico?

Lo que sí tuvimos en Pereira fue un virrey inmigrante. Nació en las tierras antioqueñas de Jericó, en condiciones cómodas. Su nacimiento fue distinto, porque nació con barba y con una fuerte propensión a manipular chatarra y material fundido por la naturaleza: un chamizo de páramo, una piedra de río, una corteza de guayacán. A los nueve años el pequeño noble se le escapaba a sus padres y era un lío convencerlo de que volviera a casa, que qué era eso de internarse en las montañas como en Walden o la vida en los bosques, y quedarse las tardes enteras mirando hacia el cielo en busca de un asteroide. Cuando ya pudo hablar y ordenar su pensamiento, le dio al asteroide un número, el B-612. Un cura de Titiribí lo bautizó Martín Alonso y un párroco de Cañas gordas descubrió en los archivos de su casa cural que los Abad eran nobles y que sus raíces hicieron historia en el País Vasco, en proximidades del valle de la Gordejuela, donde les fue difícil convivir con los árabes; aunque bastó que una de estas familias los invitara a comer hojas de repollo rellenas de carne, para olvidar las diferencias.

Observen el porte pereirano de El Virrey Abad, su atuendo, su peluca, el hermoso color de su vestido de gala. Su cuerpo parece moldeado por hierro y lata, pero quien eso ve a simple vista, está viendo mal, con cataratas, no entiende lo que implica la postura de autoridad del escultor esbelto en su delgadez.

El mundo de la nobleza está cargado de signos y símbolos complejos. Por eso no es extraño que al sumar las cifras 28 y 38 que le asignan a El Virrey un domicilio en el mundo de sus súbditos, eso dé 66, la marca de una bestia –léase vena– artística. Cada vez que paso al lado de El Virrey Abad lo miro a la cara sin ojos, le hago una venia, me declaro su siervo. Pienso en su poder escultórico, en su reino de la representación y quisiera gritar por estos días: ¡Viva El Virrey, abajo los colados innobles del 44 Salón Nacional de Artistas!

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