El Infierno

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No es un lugar, dice el papa de los católicos. Tampoco que allí la condena sea eterna, más bien que siempre hay lugar para el perdón, la apocatástasis de los primeros intérpretes de la biblia. Pero poco importa todo eso, pues el Infierno existe y tiene diversos nombres.

Así como su líder, el diablo –mejor conocido como Belcebú, Baal, Lucifer, Samael y un largo listado– el infierno tiene los nombres más diversos. Más allá de eso, aparece en los momentos y lugares más insospechados.

Imagine esta escena. Va rumbo al piso 18 de uno de los pocos edificios altos de esta nuestra aldea. Como en el infierno, usted y los visitantes deben esperar un largo rato en una fila que llega casi hasta la puerta del edificio de marras. Como el ascensor es pequeño, los turnos se suceden de manera lenta. Mientras tanto, el reloj corre como quien se burla del destino ajeno; como quien no ama, pero recita de memoria la letra de Manzanero “reloj no marques las horas…”. Cita incumplida, parece recordarle su reloj biológico.

llamasHe ahí el infierno de la espera, ese mismo que se repite en los bancos, en la cita médica, en el supermercado, en tantos lugares de este mundo empeñado en entronizar la fila como máximo representante de la eficiencia de la burocracia. El infierno crea, entonces, “colas”…

Luego, la puerta salvadora se abre y usted ingresa junto con otro pequeño grupo de elegidos. Una sonrisa se amplía mientras los números avanzan en el tablero digital: 10, 11, 12, 13… y todo parece terminar. Aparecen de súbito las tinieblas debido a un corte de energía. Se inicia así el auténtico descenso a los infiernos, pues las damas que lo acompañan en tan exiguo espacio no reprimen sus gritos de angustia, de eso que llaman histeria, la misma palabreja prima de la palabra útero. Segundo círculo del infierno.

Calma –alcanza una voz a decir–, pronto encenderán las plantas eléctricas. Vana esperanza, luego de cinco minutos que alimentan la histeria, usted ya no sabe si taparse los oídos o unirse al coro de imprecaciones, alaridos y maldiciones. Bienvenido sea usted al infierno, a ese mismo que Agustín de Hipona calificaba como de “condena eterna”. Y usted lo confirma en ese momento.

Junto a otras siete personas, hacinadas en 1,5 metros cuadrados, cree que esto es lo peor. Nada de eso, error… todavía queda otro círculo en el descenso infernal. Un olor fuerte, imposible, como de cosa desde largo tiempo atrás putrefacta, se esparce en medio de la oscuridad. Terminan los gritos y solo reina un silencio de asquerosa vergüenza.

Se equivocaba el papa de los católicos: el Infierno sí es un lugar, y uno de sus sitios favoritos es el ascensor de un edificio moderno.

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