Diarismos

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El periodismo es una promesa incumplida. La información es, a su tenor, una carta silbante que habla de vacíos. Ambos, periodismo e información, son capitales de ese malogrado sistema conocido como democracia, en cuyo nombre tantas arbitrariedades cometen no pocos gobernantes elegidos en las urnas. Y esa es la paradoja.

Las voces plurales, enriquecidas por miradas muchas veces opuestas, equivocadas o no, son otra fuente del capital social que llaman opinión pública, a la que expertos y esos monstruos grises que son los académicos aún no le determinan fronteras ni definiciones últimas. Solo se sabe que la opinión pública es necesaria. El resto es discusión.

En el fermento de diarios antagónicos, Pereira ha cultivado diversidad de voces desde los ya lejanos días de El Esfuerzo y La Defensa, o de aquel Glóbulo Rojo que alojó a un muy joven Luis Tejada. El periodismo pereirano ha tenido una especie de contrapesos que lo hacen más rico en cuanto a multiplicidad de matices. Esos desencuentros no han sido solo benéficos para la susodicha opinión pública, también lo han sido para los periodistas: beneficiarios de la sana competencia que les permite escoger entre opciones y ofertas divergentes.

El nacimiento de El Diario de Emilio Correa, en 1929, se vio complementado de manera magnífica con el surgimiento de El Imparcial en 1948. Nació a partir de ese momento una puja periodística que se mantuvo durante décadas. La cordial, pero profunda rivalidad, llevó a pensar que cualquier día se tomarían a golpes Correa y Rafael Cano, fundadores de estas quijotadas impresas. Algo que nunca sucedió, pero que sí dejó cicatrices, como bien lo comenta Silvio Girón en algunas de sus crónicas.

Esa especie de equilibrio, de antagonismo bañado en tinta, ha sido una dinámica salvadora de la información equilibrada o, por lo menos, diversa. El Tiempo y El Espectador han sido paradigma de ello en Colombia, y así también se hallan ejemplos en las grandes ciudades del mundo.

El monopolio en el periodismo solo puede traer como fruto la rendida ofrenda de la información acomodaticia, postrada ante el poder o ciega en la oposición. Cuando no, caso aún más perverso, derivar en el tiránico ejercicio del chantaje al mandatario por parte de quienes son sus dueños.

Pereira ha contado desde hace más de tres décadas con dos medios impresos –La Tarde y El Diario del Otún–. Cada uno marcado por una cierta ideología política y unas maneras de hacer muy particulares. Y en ese desencuentro feliz radica parte del éxito en el ejercicio de la reportería. No se puede ocultar la verdad: la primicia es el banquete más deseado por cualquier periodista. Y la competencia la azuza.

Por la buena salud del periodismo local, de la información, del fomento de una opinión pública divergente, queda desear que esa sana rivalidad continúe. De manera contraria, apenas restará la opción de claudicar y abrigarse en ese otro estado de opinión baldía que es la red digital, cuna de bandoleros y visionarios.