Desaparecer

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El diccionario es terrible en su realidad semántica: Desaparecer: “Ocultar, quitar de la vista con presteza. Dejar de existir”. No es un acto de magia circense, tampoco una actividad lúdica, como si jugáramos a las escondidas, como si al ocultarnos pudiéramos decidir cuándo hacernos visibles. Desaparecer es un problema, una angustia familiar, una incógnita, un seguir siendo sin estar o un estar en otra parte, quién sabe bajo qué circunstancias. Si bien se deja de existir –al menos para un círculo familiar afectado–, se sigue existiendo de otro modo: en la ausencia, en la espera, en el dolor, en la incertidumbre, en la nada.

Desaparecer es un asunto ontológico, que toca la piel y los huesos, que los arruma en un dolor de casa, que los vulnera en el recuerdo. Desaparecer es un dilema social, que se agrega a la política de un país anárquico y falsamente positivo como el nuestro.

En la ciudad los perros desaparecen, las niñas desaparecen, los viejos desaparecen, los militantes desaparecen. En fin, muchos se hacen fantasma y como diría el poeta antes de doblar la esquina, con los desaparecidos podría construirse otro país de sombras, de seres no identificados, sin dolientes. Un país clandestino, paralelo. Es una práctica común, hay que admitirlo, eso de desaparecer. Como también hay que admitir que sucede con frecuencia, cerca de nosotros, a un lado de la vía, en lo recovecos de los barrios, en la Avenida del río, o en “cualquier otro lugar”. Ahora le tocó el turno a Dombuldor, un perro cojo, que tiene la característica de andar en tres patas. ¿Cómo no verlo, cómo no llamarlo por su nombre? Su familia está angustiada y por eso deja unos números telefónicos en un cartel adherido a las paredes llenas de anuncios, como quien siembra una esperanza, como quien espera el milagro de una voz que les anuncie que Dombuldor está bien y que en poco menos de una hora, estará de vuelta en casa.

¿Cómo desaparece un perro cojo? ¿Cómo desaparece una niña de trece años que iba camino de la escuela? ¿Cómo desaparece el muchacho rockero que está convencido de que las multinacionales se apropian de nuestros recursos y nos empobrecen más? Somos cuerpo, somos huesos, somos piel, somos dientes y vamos vestidos por el mundo. Existimos, tenemos un número de identificación. Por lo tanto desparecer no es fácil, porque no somos aire, nos somos brisa, no somos luz. Somos personas, animales, tenemos solidez. Alguien debería dar respuesta a esas inquietudes. Alguien, una autoridad, debería aparecer, dar la cara, superar la mera cifra de las estadísticas y decretar que no es posible desaparecer, así no más, pues nadie debería ser quitado de la vista con presteza. Salvo que desaparecer sea un acto voluntario. Pero sucede que Dombuldor, la niña de trece años, el muchacho rockero han desaparecido de manera extraña y no propiamente por una convicción. Me esfumo, me hago aire, me hago miedo, me busco y escribo sobre las paredes de una ciudad indiferente, un número telefónico. Tengo la ilusión de que me llamen y que una voz dulce confirme, con presteza, mi existencia. Gracias si me ven.

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