Del cine y sus alrededores: Blade Runner 2049

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Por: Diego Alexander Vélez Quiroz

“Dios ha muerto”… La primera vez que leí la famosa sentencia nietzscheana fue en un muro descascarado y húmedo bajo los puentes de la carrera 9ª con 12, estaba torpemente trazada con aerosol y sin ningún otro signo que le permitiera al lector ubicar al autor o, en cualquier caso, al grafitero nihilista. Yo tenía para entonces unos catorce años, y como mi fe en los misticismos que ofrecen la trascendencia se agotó muy rápido, no vi nada sorprendente en la sentencia. En primer lugar porque la zona es o fue (ahora el lugar está cercado por la policía, oculto a nuestro espíritu cívico) una olla en la que se reúnen los fantasmas de la ciudad para llevar su condición de exiliados de la sociedad, ahí sí, a un nivel trascendental, lo que hace comprensible que la figura de la divinidad no habite esos parajes y bien puede deducirse su muerte. En segundo lugar, porque no conocía a Nietzsche. De la filosofía tenía noticias por el colegio y en ese entonces no me resultó muy atractiva, yo echaba mejores carretazos y se me entendía mejor. Así las cosas, que los muros de la ciudad anunciaran la muerte de dios era, para mí, cosa más o menos irrelevante. Me gustaba más el grafiti que, metros más arriba de la pared donde mataban a dios, decía: te amo mi pulga, perdóname y seré X100pre.

Años después en la universidad conocí a Nietzsche y a diferencia de algunos de mis compañeros no me obsesioné (Nietzsche es una celebridad entre los estudiantes de humanidades, tiene grupis). Lo leí con calma y, luego de la ayuda de algunos profesores y de mucha terquedad de mi parte, entendí que Nietzsche era un tipo que creía en los mesías y que esperaba la llegada de un súper hombre que, de una vez por todas, resolviera ese complejo asunto de ser humano y vivir entre humanos. Ese mínimo descubrimiento me hizo preguntarme, por primera vez en años, sobre la figura de la divinidad

¿Qué carajos es lo que todos llaman dios o dioses? Mi talento es la disciplina, me lancé como un fanático a estudiar el asunto y encontré, entre otras, una conclusión interesante: los dioses son figuras sobre las cuales proyectamos los seres humanos nuestros ideales del deber ser, algo así como nuestra mejor idea de nosotros mismos. Por supuesto, los dioses no son solo eso, pero son también eso, una figura que regula el camino de nuestras aspiraciones como especie. Pues bien, luego de encontrar semejante conclusión debí preguntarme ¿y si dios ha muerto, qué? el mismo Nietzsche se preguntaba ¿No viene de continuo la noche y cada vez más noche? ¿No tenemos que encender faroles a mediodía? ¿No oímos todavía el ruido de los sepultureros que entierran a Dios? […] ¡También los dioses se pudren! ¡Dios ha muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado! ¿Cómo podremos consolarnos, asesinos entre los asesinos? […] ¿Quién nos lavará esa sangre? ¿Con qué agua podremos purificarnos? […] ¿No tendremos que volvernos nosotros mismos dioses para parecer dignos de ella?

Muerto dios, debimos cambiar de referente ¿De dónde sacar un ideal de humanidad? Según lo veo, del lugar menos esperado: de la tecnología. Por estos días pasan en el cine una secuela de Blade Runner, adaptación de la novela que publicara Philip K. Dick en 1968 bajo el título Do Androids Dream of Electric Sheep?, y que fue llevada por primera vez al cine en 1982 bajo la dirección de Ridley Scott. Tanto el libro como las películas (e incluyo la reciente) son de culto, pues además de estar entre las obras fundadoras del Ciberpunk, trazaron la que sería la estética de la distopía durante muchos años: mundos arrasados por la contaminación, la guerra y la superpoblación; hombres y mujeres aislados en cuartuchos hediondos sin más contacto que el de la tecnología y la realidad virtual; una sociedad hiperindividual, hipertecnológica e hipercontaminada.

La obra de Philipe K. Dick y sus posteriores adaptaciones al cine me parecen valiosas, además, por otro elemento: nos ponen en evidencia, revelan que ante la ausencia de dios estamos proyectando los rasgos de nuestra humanidad ideal sobre la tecnología, sobre la inteligencia artificial. No es gratuito que en el 90% de nuestras películas sobre robots, y otras formas de la inteligencia artificial, éstos resulten ser mucho más bondadosos, justos, comprensivos, fuertes, rápidos y resistentes que sus compañeros humanos en el reparto.

No hemos matado a dios (se me acabó el espacio), pues dios siempre ha sido nuestra mejor idea de nosotros mismos, con todo y sus rabiosas intervenciones. No, en realidad le dimos un cuerpo, lo que era abstracto lo hicimos objeto. Antes nos proyectábamos sobre un ente insondable, ahora lo hacemos sobre un portapieles que, para bien o para mal, se puede tocar y hasta se puede amar. Quizás bajar a dios y ponerlo en el cine contribuyó al cambio, habrá que estudiarlo, pero lo cierto es que advierto una especie de inversión de la distopía: en esas visiones saturadas del futuro estamos, en verdad, creando y recreando nuestra mejor idea de lo humano. Buscamos, como dice uno de los personajes de la última versión de Blade Runner: ser más humanos que los humanos.

Aquí el trailer de Blade Runner 2049:

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