Comentaristas locales

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Ilustración: Juanita Blandón

Ilustración: Juanita Blandón

Los comentarios sirven para hacer creer que uno sabe hasta de lo que no sabe. Por eso en Pereira basta que surja una pequeña anomalía callejera, y personas que nunca se han hablado suelen entonces detenerse y tertuliar como en la sala.

Y llegó el croni a la 21 con 9, iba a una oficina a conseguir un papel para llevarlo a otra oficina en la que presentando el papel le darían un papel, que debía ser llevado a una tercera oficina para obtener un papel (…) Y estaba acariciando unas monedas en el fondo del bolsillo, cuando por toda la calle se oyó una voz de desaforada pasión que gritaba: ¡Mi amor, mi amor, venga pa acá! El croni creyó que era para él, pero al mirar no pudo reconocer el rostro de aquella señora con cuerpo de muchacha, así que se quedó observando en derredor, oteando para saber, curioso y con cierta envidia, quién era el merecedor de tan efusivos llamados.

Ilustración: Juanita Blandón
Ilustración: Juanita Blandón

Como todos los hombres cercanos, el croni estaba suspenso buscando al amado de aquella. Y no veían a nadie que fuera hacia ella. Y ninguno dió con el chiste pues cuando era de esperarse un novio humano y corpulento que sudoroso saliese de un gimnasio, apareció en cambio un perro pincher con ojos aburbujados.

La muchacha del cuello para abajo y/o la señora del cuello para arriba se agacharon al mismo tiempo ó en perfecta sincronía; recogieron al can entre sus brazos y lo llenaron entonces de besos y caricias. Era una escena emotiva de reencuentro y no tardó en hacerse un corrillo de comentaristas alrededor de ella(s) para entrevistarla(s) acerca de los pormenores de su alegría. La mujer dijo (sin dejar la muchacha de apapachar el pincher), que lo estaba buscando por todas partes pues se le había escapado aquel perrito. Luego, como quien ya ha dicho bastante, rompieron el corrillo y cruzaron la calle. El croni y los otros curiosos la(s) miraron desaparecer entre los edificios.

Un comentarista dijo indignado:

“Vea pues como son las mujeres hoy en día, quieren más a un perro que a uno”.

Una comentarista le responde:

“Es que los perros son menos perros que ustedes mijito”.
“Pero eso no es nada”,

concluyó un tercer analista de la situación, que estaba reciclando cartones:

“Ese perro es el marido de esa mujer…y yo sé porque le digo: ¡yo mismo fui pincher en mi vida pasada!”

El comentario no daba lugar a respuesta y disolvió el corrillo como pedo en ventisca; pero el croni se quedó imaginando a la muchacha/señora subir las escalas de un edificio, y pudo verla llegar con el perro cargado al tercer piso, abrir la puerta, cerrar la puerta. Ella lo deja en el suelo y este mueve la cola, ella entra a la cocina y vuelve con una cacerola llena de agua, se la tira al perro encima y este se convierte por fin, en un hermoso flaco de ojos aburbujados, parecido a Kafka.

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