Leer como castigo

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“María”, “Crimen y castigo”, “Cien años de soledad”, “La metamorfosis”, “Pedro Páramo”, “El viejo y el mar”… sumados a un largo etcétera de obras maestras de la literatura universal, todas ellas juntas, fueron el primer obstáculo para que muchos infantes y adolescentes amaran la lectura. Así suene paradójico.

Llegar a los asombrosos 12 años de edad y descubrir que las hormonas ni las extremidades nos obedecen, que el acné hace fiestas bárbaras con el rostro, que la voz se torna en algo resbaladizo y lleno de sonidos extraños… esas y otras más situaciones se convierten en los síntomas de esa lamentable etapa –necesaria por demás– que algunos adultos llaman graciosamente “la aborrescencia”.

Somos diferentes en un mundo extraño. Nada de los conjuros del pasado pareciera funcionar; todo es tan particular, empezando por la irresistible atracción hacia otros congéneres, esa necesidad animal de tenerlos al lado, de poseerlos de todas las formas posibles, sin barreras morales o de algún otro tipo. Lo importante es dejar que ese volcán que hay en el interior explote y quedar luego con el don apacible, aunque solo sea por unas horas, mientras el fuego interior busca otra vez a ese ya recorrido objeto del deseo.

Mientras tanto, frente a nosotros una aburrida profesora cuarentona insiste en hacernos leer pasajes literarios que nada nos dicen, que apenas son fantasmagorías como las de Rulfo, indescifrables por demás para una persona que apenas abre sus ojos al mundo, crecida en medio de gaseosos videos y más cosas triviales, pero que la sana intención de la susodicha cuarentona pretende remediar en un periodo escolar de 50 días, pensando tal vez en las pociones mágicas de un nigromante. Ningún cambio es milagroso e instantáneo, así lo pregonen repetidas veces en el cine norteamericano que atiborra nuestras salas.

Por eso, nuestro aborrescente de marras, queda en las nubes mientras lee paisajes intrincados que le hablan de manera metafísica sobre un agente viajero convertido en insecto, pero que se extravía luego en laberínticas digresiones sobre sí mismo y su espantada familia. Luego de 10 páginas imposibles para muchos de los estudiantes –aunque no para todos– varios deciden acudir a un resumen de internet que les asegure la posibilidad de obtener una buena nota.

¿Por qué no mejor escoger a “El señor de los anillos” y así inocular los laberintos de la literatura? ¿O en lugar de un largo “Cien años de soledad” seleccionar un cuento tan diciente del mismo autor como lo es “Un día de estos”? ¿Por qué en vez de los intrincados versos de “La divina comedia” echar mano al juego de video “Dante’s Inferno”? Todas estas opciones son más cercanas a una persona joven que aquellas obras maestras, las cuales lastimosamente nada les dicen en ese momento. Aunque lo peor es llegar a la madurez y descubrir sin concesión alguna que la literatura no nos salva, pero está allí para soportar todo lo miserable que subyace en la propia vida.

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