Arrogancia

Compartir

Hay una anécdota que a cada tanto repiten algunos contertulios. Ella refiere un hecho sucedido entre el rey Alfonso XIII y el filósofo español Miguel de Unamuno. El primero de ellos le entrega la Gran Cruz de Alfonso X Sabio,

ante lo que el escritor comentó:

“Me honra, Majestad, recibir esta cruz que tanto merezco”.

El monarca queda desconcertado y le dice:

“¡Qué curioso! En general, la mayoría de los galardonados aseguran que no se la merecen”.

Unamuno, dicen las malas lenguas, respondió sin parpadear:

“Señor, en el caso de los otros, efectivamente no se la merecían”.

Unamuno, prototipo del intelectual y del hombre que resiste las bellaquerías de los regímenes totalitarios, pareciera reflejar en esta escena –real o no– el talante de no pocos intelectuales que por el mundo han transitado, o siguen marchando con orgullo, el mentón en alza y la mirada agresiva. De hecho, la arrogancia pareciera ser el sello hoy deseado.

Pero, a diferencia de tantas genialidades que fueron arrogantes por celebrado artificio, hoy asistimos a una especie de “envalentonamiento del vacío”, de cierta necesidad de mostrarse así para poder ser, para significarse ante el otro, para marcar una presencia que, de otra manera, quedaría por completo invisible ante la precariedad de la obra propia. Son individuos más grandes que su obra, incluso si ella existiese.

Otros, sin embargo, que se citan a sí mismos en tercera persona y sin ningún pudor, apenas convocan a una sonrisa lastimera de verlos tan desnudos de autoestima, tanto que apenas pueden recurrir a sus efímeros logros para poder dejar por sentado quiénes son. Un ejercicio inútil para ensalzarse que desdibuja lo que son, pues a ninguna mente medianamente formada le parecerá inteligente tal proceder. Aunque en esta sociedad de las cosas útiles no faltarán quienes se dejen deslumbrar ante el pavoneo de quien ostenta.

Quizá es necesario retomar la sociedad de lo inútil, de aquellas pequeñas grandes cosas que nos hacen humanos; personas que no le temen a bajar la mirada mientras sonríen, a aceptar que no se sabe, que en cada uno reside por fortuna un inmenso pozo de desconocimientos. Construir la vida fundamentados en certezas, en la superioridad, nos aleja de los congéneres, pues lo esencial de nuestra especie es la curiosidad aguijoneada por la sensación de incompletud.

Esa actitud sobrada, que termina transformada las más de las veces en impotable soberbia, es una especie de muralla que separa de sus congéneres a quien la detenta. Un muro infranqueable que no permite reconocer atisbos del posible buen ser humano que recurre a tal coraza. ¿Cuántas generosas y buenas palabras nos hemos perdido separados por el ego superlativo anidado en tal torre de marfil?

Frágil mundo, frágiles obras, frágiles seres humanos.

Compártenos la información de tus eventos culturales.

Por favor ingresa tu comentario
Por favor ingresa tu nombre