Amaretto: clarinetes para notas colombianas

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Un breve perfil de la agrupación Amretto

UNO

El nombre fue un accidente. Corría el Festival del Pasillo, en Aguadas, Caldas, 2013, y a la hora de inscribir el grupo los músicos cruzaron palabras que se les vinieron a la cabeza. Alguno de ellos dijo: “Amaretto”. A todos les sonó y así se hicieron llamar. Transcurrieron dos años y justo antes de subir a la tarima del Festival Mono Nuñez, en Ginebra, Valle, el presentador les preguntó: “¿Por qué Amaretto?” y sin dejar que contestaran, él mismo se explicó: “Claro, es un licor que mezcla. Y eso es su música: una mezcla de varios ritmos. Es una metáfora”. Todos convinieron en que sí.

Hoy Víctor Hugo Castrillón —piano y clarinete— y Ricardo Díaz —clarinete—, dos de sus integrantes, explican que sí, que la música de este grupo bebe aires diversos: “Nosotros comenzamos escuchando música colombiana, desde nuestra formación. Cantidad de pasillos y bambucos”, dice Castrillón. Y Díaz añade: “Pero otras cosas también nos han influenciado. Un arreglo de Amaretto tiene armonía de jazz, de música clásica (Beethoven, Mozart), tenemos cortes en clave de salsa, incluso incorporamos elementos de la música popular del despecho”.

Escuchar en vivo a esta agrupación es bálsamo para el oído. Los bambucos y los pasillos conservan el golpe tradicional que los distingue como música andina, pero suenan a nuevo o a joven; suenan moderno. Sus cinco miembros rodean los 30 años de edad, todos son músicos de rigor académico y todos son fiesteros. En sus manos, un pasillo como “El Cucarrón” cobra la alegría del latin jazz, deslumbra por la destreza de la ejecución de los instrumentos e invita al baile.

“En Amaretto nunca hemos hecho música para cumplirle a un concurso —dice Castrillón—. La hemos hecho al gusto de nosotros”. “Habrá gente que nos diga: ‘Uy loco, qué saturado eso’. Pero nosotros estamos haciendo lo que nos gusta”, completa Díaz. Y el resultado es aplaudido de pie hasta por el público más exigente. “Nunca pensamos que le íbamos a llegar tanto a las personas”, cierra Castrillón.

Víctor Hugo Castrillón en el piano durante una de las presentaciones de Amaretto. Foto: Celine Billard.

Amaretto es un licor que mezcla. Y eso es su música: una mezcla de varios ritmos.

DOS

Foto: Celine Billard

El origen del grupo también es un poco accidentado. Tanto Castrillón como Díaz son de Caldas y se formaron en el programa departamental de bandas que cada año produce cerca de cuatro mil músicos. Llegaron a Pereira, cada uno por su lado, y acá se conocieron con los hermanos Trejos, Sebastián y Camilo, pereiranos, y con el quindiano David Hencke. Un día apareció un Andrés Felipe Agudelo, tenor lírico, de Chinchiná, Caldas, con la idea de liderar un grupo para presentarse en festivales. La mayoría de los cuales exigían el tiple en el ensamble. Resultó que un día estaban ensayando tiple, piano, bajo, clarinete e invitaron a un cajón.

Al cabo de los días, el tenor lírico viajó a Francia y el grupo se quedó sin voz. Pero los temas estaban bien acoplados y algunos colegas y amigos los animaron: “Ustedes pueden dedicarse a ser un grupo de música instrumental”. Les pareció y continuaron con los ensayos. Hasta que en el Festival del Pasillo, de Aguadas, en 2013, dieron el salto cualitativo: salieron segundos, entre más de 25 grupos.

En ese comienzo, interpretaban música que debieron adaptar al vibráfono; pero más tarde, desarrollaron arreglos especialmente pensados para ese instrumento. El resultado elevó el nivel de ejecución e interpretación de cada instrumento. “Nos gusta trabajar sobre la exigencia máxima, hasta donde nos den los dedos. Y se llega a un punto en el que no nos damos cuenta que vamos rápido. Ya sabemos y en vivo le bajamos un poco a la velocidad”, dice Ricardo Díaz.

A la pregunta de hasta dónde les gustaría llegar con sus presentaciones en vivo, Víctor Castrillón dice: “En escenarios no hay algo más alto que otra cosa. Cada experiencia de tocar en vivo es única y especial. No hay topes. Lo más importante sería llevar la música colombiana a escenarios internacionales”.

Y a la pregunta si Amaretto está actualizando, de algún modo, la música folclórica de los Andes colombianos, Díaz responde: “Le estamos llegando a gente joven, gente que está oyendo música colombiana tradicional en una nueva forma de sonar”. ¿Y qué pasa con el sonido más autóctono y tradicional? “Respetamos razones de las posturas más clásicas, pero se trata de preservar. Y eso sólo se logra llegándole a la gente joven”, dice Castrillón.

TRES

En 2016, Amaretto se presentó por segunda vez en el Festival del Mono Nuñez, el más importante de música andina colombiana. Como en 2015 habían llegado a la final, aspiraban a repetir esta ubicación. Pero si no lo lograban, se sentirían satisfechos si exhibían un show de calidad y podían vender cedés de su primer larga duración titulado Conectando.

Aquella primera vez, recibieron toda la energía del público —aplausos, vítores— a pesar de que no resultaron ganadores. Fue tanto el reconocimiento que los jurados se sintieron obligados moralmente a justificarles personalmente por qué no habían sido los primeros. Para Castrillón, Díaz y el  resto del grupo fue claro que no ganaron porque realmente habían cometido pifias en el ensamble. Pero si ensayaban más y ajustaban las ejecuciones, sabían que podían llegar al primer lugar. “Tenemos los arreglos complejos y el sonido le ha gustado a la gente —pensaba Díaz—. Si podemos tocar limpio, podemos llegar a cosas importantes”.

Se pusieron a ensayar dos veces por semana, por espacio de dos a tres horas. Pero a cada ensayo, los músicos traían aprendidos de memoria los arreglos que previamente practicaban en solitario. “Nos propusimos tocar de memoria y esa es la tarea semanal”, explica Castrillón.

Al Mono Nuñez de 2016 llegaron muy seguros de su ensamble y de su repertorio. Traían también el cedé. Y se decían que irían al lugar que los invitaran a tocar, luego del Festival. La idea era vender cedés y recoger el dinero invertido en la participación y en la producción.

Tras su primera presentación en tarima, vieron que habían tocado limpio y que la gente les había respondido con aplausos y buena energía. Hasta ese momento podían decir: “Cumplimos”. Pero querían más. Querían repetir la oportunidad de tocar en la misma ronda del año anterior. Y así fue. Clasificaron a la final. “Después de eso, que se viniera lo que fuera”, recuerda Castrillón. “Yo me decía: ‘que los cinco estemos muy concentrados. Porque apenas empezamos a tocar y fluye esa energía, los nervios se van para el carajo’”.

Tocaron en la ronda final y debieron esperar poco menos de dos horas por el resultado. Acompañados por familiares y amigos, recibían a la gente que los quería saludar y felicitar. “Excelente”, les decían. “No hay más. Ustedes ganan”. Castrillón se ilusionaba pero no sabía si creer. Prefería esperar la presentación de todos los participantes. En efecto, los pronósticos fueron ciertos: Amaretto obtuvo el primer lugar. El máximo reconocimiento de la música andina colombiana.

“No hay topes. Lo más importante sería llevar la música colombiana a escenarios internacionales”.

Amaretto Ensamble de Risaralda interpretando de Luis Uribe Bueno el pasillo EL CUCARRON, durante la noche final del 42 Festival Mono Núñez, mayo 29 de 2016, en el coliseo Gerardo Arellano de Ginebra, Valle del Cauca.

Foto: Celine Billard.

CUATRO

Amaretto; su presentación en  El Festival de Música Andina Mono Núñez. Foto: Daniel Álzate.

El ensamble de estos cinco profesionales puede leerse como el triunfo de la formación musical en los tres departamentos del Eje Cafetero. De los pregrados universitarios y del programa departamental de bandas de Caldas. No es gratuito que el grupo esté conformado por dos caldenses, dos risaraldenses y un quindiano. Algo se está haciendo bien, a pesar de que el éxito alcanzado por Amaretto se deba a la determinación y talento de sus integrantes.

Castrillón dice que en esta región la formación musical académica funciona, hay “un buen comienzo”, aunque faltan semilleros. Díaz, a su vez, concluye que Amaretto puede ser la invitación para que la enseñanza en las escuelas y universidades emplee la tradición de la música colombiana, no sólo la europea. “Hay infinidad de métodos y formas de enseñanza en el folclor colombiano. Y desde ahí también se puede aprender”.

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