Alias “Chispas”

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faltarles la corbata, signo que distingue al gamonal; tampoco se dejaban ver sin el sombrero, símbolo de gallardía. Guardaban en el bolsillo secreto de su saco un revólver corto, por si el azar los obligaba a encontrarse con su archienemigo en la rotonda de la plaza principal. Recorrían el país a caballo, como machos, como hijos de arrieros. Y a caballo solían escaparse; pero eso sí, antes hacían presencia en los pueblos, para recordarles a los lugareños a quién debían obedecer, pues la justicia estaba en sus manos. Y claro, posaban para la cámara, hacían de su imagen un documento histórico. A un lado estaba el niño, como el testigo de la historia, como la memoria que luego ampliaría la leyenda.

Alias Chispas
Foto: Archivo personal de Jorge Roa Martínez

Mírenlo bien, miren su porte decente. Se llamaba Teófilo Rojas Varón, aunque era más conocido en batallones e inspecciones de policía con el alias de “Chispas”. Fue dado de baja en 1963, en Calarcá, la tierra de un temprano subversivo de la poesía, Luis Vidales. Solo vivió treinta y tres años, los suficientes para que de niño se hiciera guerrillero, sintiera en su pellejo las balas cruzadas entre godos y cachiporros, tuviera bajo su mando más de sesenta forajidos y para que las autoridades le sumaran a su prontuario más de quinientos crímenes. Aquí está en las calles polvorientas de Ulloa, en el Valle. Los vecinos lo observan desde lejos. Seguramente lo atisban con temor y admiración. Saben que su destino pende de su corbata y del estado de ánimo que tenga ese día caluroso, cuando se ha dejado ver por allí, como un ciudadano de a caballo.

Eran otros tiempos y no estos, de los diálogos en La Habana con las Farc y las rabietas ubérrimas de los peones del Centro Democrático, donde siguen echando chispas cada vez que ven a los bandoleros en La Bodeguita del Medio, sintiendo la brisa cálida de la civilización y el sabor a hierbabuena del mojito del posconflicto.

“Chispas” murió en su ley, pero el primo del niño que lo acompaña en la fotografía creció, se hizo jornalero, agarró un machete después de las cinco de la tarde, cambió el pantalón corto por un camuflado y un lunes decidió que su nombre verdadero no era Luciano Marín, sino alias “Iván Márquez”.

Otros amigos suyos, de zonas apartadas, decidieron lo mismo: Rodrigo Londoño pasó a llamarse un martes “Timoleón Jiménez” y un miércoles “Timochenko”; Félix Antonio Muñoz prefirió el mote de “Pastor Alape” para toda la semana y Jorge Torres, educado en la saga de Rambo, entendió la importancia de llamarse “Pablo Catatumbo”. Para qué negarlo, todos tienen nombres bonitos, tan sonoros como sus vidas legendarias. Colombia es un país de bandoleros y por eso se está dialogando con ellos en la tierra de Fidel y el Che Guevara. Y como toda una película de policías y bandoleros, las cosas deberían terminar bien, como a menudo sucede en el folletín.

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