Alberto Verón, filósofo

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“Qué te pasa, chiquillo qué te pasa/ me dicen en la escuela y me preguntan en mi casa/ y hasta ahora lo supe de repente cuando/ oí pasar la lista y ella no estuvo presente”. Así empezó la educación sentimental de Alberto Verón, filósofo, con una ausencia, como la educación afectiva de toda una generación que empezó a habitar la tierra entre el lanzamiento del Sputnik 5 en 1960 y la creación de Macondo en 1967. Un indicio de locura, ¿no les parece? Digo, porque en el Sputnik 5 cometieron una masacre animalista al arrojar al mar de las estrellas más de treinta ratones, dos perros aerolíticos, Belka y Strelka y dos ratas ansiosas. Y con la creación de Macondo se fundieron para siempre las baterías de la racionalidad, cuando dieron vida a la aerodinámica Remedios, la Bella y al trotamundos Melquiades, el gitano traductor de unos pergaminos apocalípticos. Así, nuestro filósofo pertenece a una generación que se debate entre dos frentes: el de Pedrito Fernández, el mochilero del amor, y el de la vida práctica que anunció el nadaísta Gonzalo Arango en sus versos místicos.

¿Qué camino le quedaba seguir a este muchacho soñador, de lejanos rizos, que ya a sus veintidós años avizora en sus ojos dormilones y en la espesura de sus cejas los efectos del exceso amoroso y las dificultades para asumir una vida práctica? Sólo estudiar filosofía, eso sí, cerca de su casa, pues la mamá, una experta profesora de niños melancólicos, lo quería retener entre montañas y cafetales para controlar sus excesos, justo cuando le había dado por hacer teatro y ponerse máscaras. No tuvo que pensarlo mucho para decidirse a tomar un bus intermunicipal que lo llevara a los salones de la Universidad de Caldas. De allí salió más caprichoso, más benjaminiano, más teatral, más filósofo y con una duda ontológica: ¿Si Dios existe, como en efecto parece existir cada mañana, por qué putas me tumbaron mi casa? Esta pregunta merece una explicación.

Mientras Verón intentaba comprender las dudas de Descartes frente a las percepciones sensoriales en relación con los objetos lejanos y daba soporte epistemológico a sus búsquedas sociales sobre la base de la “teoría crítica” de inspiración marxista, con los chicos de la Escuela de Fráncfort, una reforma urbana, acaso inevitable, determinó que su casa de la calle catorce con avenida del ferrocarril, en pleno corazón de Pereira, debía ser demolida para que por allí se extendiera un puente. Esa fue su segunda ausencia. Huérfano urbanitas, víctima frecuente del amor, Verón decidió hacerse periodista para preguntarse, en el segundo piso de una casa alquilada, si los pereiranos sabían que en 1947 la ciudad levantó su primera estructura moderna: el Pasaje Pulgarín. Fue cuando visitó al poeta Gustavo Colorado en un bar de Berlín y juntos, bajo los efectos de la cannabis y Led Zeppelin, emprendieron un proyecto: las “Señales para encontrar la ciudad”. Un filósofo pierde su casa y se construye un mundo.

Al dejar la ciudad señalizada, Verón decidió hacerse profesor, llenar las aulas con ideas exóticas, etnocomplejas. Allí ha dejado huella y allí sigue enamorándose de las risas más jóvenes. Sólo ayer leí de soslayo en una página de su Moleskine 308, este desánimo de filósofo veredal: “No puedo leer ni escribir, /me hace falta su mirada”. Nunca aprenderá, pienso, y mejor, me digo, porque será otra oportunidad para salir con él a caminar por la cintura cósmica del Lago Uribe y aprender de su vida milagrosa. Él no lo sabe – ¿y qué filósofo lo sabe?– que su vida es milagrosa y que el mismo dios que le quitó la casa lo cuida todo el tiempo. Sobre todo cuando conduce al garete, por la ciudad, su zapatico tantas veces estrellado contra las columnas subterráneas del edificio donde ahora vive en arriendo.