De Bares y de Copas

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Hemos dejado nuestras bicis a un lado, en cualquiera de los imaginarios servicios de parqueo – en construcción – para vehículos no motorizados de nuestra ciudad. Doloroso desprendimiento, todo con el fin de hacer justicia a aquel lema salvífico: ‘Si vas a beber, no conduzcas’, o ‘si vas a conducir no bebas’… no, más bien al contrario.

Porque lo cierto es que nos aventuramos a la ruta de los bares, el año se está acabando y hay que sacar tiempo para el ocio y alimentar el verbo y el ojo; pero no nos dirigimos a los mismos bares de siempre, que ya aparecen en el repertorio patrimonial de las copas de fin de semana o de entresemana. Estamos dispuestos a nuevas experiencias, a escuchar las mismas músicas pero desde rincones distintos, queremos ser atendidos por damas inéditas, nos surge la sed de cruzar una palabra con esos propietarios que gozan de poca popularidad.

Hemos determinado que los bares con valor patrimonial no son los que dictan las masas ni el hábito; sino la persistencia de sus dueños en la curia de mantener un sonido decente, una decoración apropiada y coherente; sobre todo con las aspiraciones nostálgicas del consumidor. El cariño en el detalle; y en especial, que permanentemente ofrezcan un producto acorde al ambiente: entiéndase cerveza bien fría; y ligeramente variado: es decir, algo más que ron y aguardiente.

Fotos: Giovanni Rengifo

El Bandoneón

Iniciamos nuestro recorrido ‘de bajada’, descendemos del Barrio Berlín, sector patrimonial (tan patrimonial como lo pueden ser ‘la circumba’ o como el ‘centro –dizque– histórico’): que fue a donde llegamos en nuestra anterior Hoja de Ruta cuando subimos en un tranvía imaginario a comer fritanga y a visitar las damas de El Danzig. En este mismo sector encontramos El Bandoneón, en la carrera 10 con calle 3. Este sitio, desde hace pocos meses ya no es un bar, aunque don Éider Tabárez, conocido como ‘Calidad’, todavía abre sus puertas a los curiosos para dejar ver la grandiosa decoración bizarra y preciosista a base de dos características aparentemente irreconciliables: una reunión de elementos, unos comprados en sitios de reciclaje del sector de los puentes y otros traídos de Argentina -como el cuadro de Gardel-; con la más maravillosa colección musical reunida a base de meticulosas compras incluso de discos que hicieron parte de las discotecas de Radio Santafé y de otras emisoras ya desaparecidas.

Lo cierto es que don Éider perdió la batalla con la Organización Sayco Acinpro, por eso cerró, arrogaban el derecho a cobrar por la música que le pertenece a la humanidad. Hoy en día continúa la esencia del lugar, sin venta de licor, muchos vamos aún a escuchar las melodías de antaño que conserva y a deleitarnos con tan particular espacio. Visitar El Bandoneón es nuestra mayor recomendación, para que el visitante se entere de primera mano lo que aquí queremos insinuar, y para que se sumerja en un lugar sin tiempo y una estética irrestricta donde la carátula de un vinilo de Iron Maiden se ve armónica junto a la de Canaro o de Elvis, el ídolo de don Éider. Todo cobijado con una cortina de escapularios que parecen recién desempacados de la china, y otros íconos de incontables procedencias.

Fotos: Giovanni Rengifo

El Cafetín, de la 21

No crean que los vamos a invitar a los “nuevos” bares de la 21 (entre sexta y séptima) donde se han inyectado grandes presupuestos en pantallas de televisor y el visitante puede tomar cervezas artesanales inmersos en patios interiores e íntimos… no y otra vez no. Vayamos una cuadra más arriba, entre Séptima y Octava, justo detrás de la Catedral, una cuadra predispuesta desde muchos años para beber. Y en ella, por ejemplo, El Cafetín, fundado por Alberto Gómez y ahora a cargo de su hijo Carlos.

Pequeñas mesas redondeadas y tradicionales, ligeras sillas de cuerina mostaza, invitan a dejar la acera y pasar a las fuentes de soda que perviven de otro siglo, donde se ofrece por igual y a cualquier hora un tinto hervido o una cerveza en vaso, allí se puede mantener la vista puesta en los pasos apurados de transeúntes y se siente el pálpito de la ansiedad laboral, del rebusque y las ansias. Con una atmósfera musical exquisita que va desde el pasillo, pasando por el bolero ranchero hasta la milonga más rastrera, estos cafetines evocan el esplendor de décadas pasadas.

Fotos: Giovanni Rengifo

Lunes del Zapatero

El diseño del Megabús dejó a su paso una cantidad de esquinas residuales donde poco a poco se han venido a instalar cafés que llenan la muela y la decoran con grandes materas y plantas altas… pero una de esas esquinas, la de la Sexta con Trece sigue huérfana, y estaría muerta a no ser por el encantador bar vecino dedicado a los tangos y milongas, decorado por retratos de Gardel, con unas mesas dispuestas más en el andén que dentro del pequeño local, como en forma de bulevar bonaerense.

Es un oasis en medio de la Carrera Sexta comercial, inundada de peleterías, textilerías, “butiks”, sastrerías y marqueterías entre otros negocios tradicionales. Allí se instaló don Jorge Álzate con su colección de discos proveniente de Quinchía. La música sale tímida desde detrás de la barra de madera, pero ya en la calle resuena para recordarnos el universo musical latinoamericano que constituye la banda sonora de nuestra cotidianidad. Su valor patrimonial radica en que sin él sería muy difícil imaginar la estética de nuestras vivencias.